ntht/ Mi esposo rompió delante de su madre la cuenta de 16 mil pesos que preparé para demostrar cuánto nos costaban sus visitas diarias, y ella sonrió mientras me decía: “Ahora ya sabes cuál es tu lugar”.

PARTE 3

—No te voy a dar ninguna llave, mamá.

El tono de Daniel era completamente diferente al de la noche anterior.

No había duda.

No había cansancio.

No había intención de evitar una discusión.

Teresa soltó una risita.

—¿Cómo que no? Ya se fue Mariana. ¿Quién te va a cocinar? Además, pensaba quedarme solamente unas semanas. Te ayudo a organizar la casa.

—No.

—Daniel, soy tu madre.

—Precisamente por eso tenemos que hablar.

Mariana permaneció quieta detrás de la jardinera, con una mano sobre el asa de su maleta.

Podía marcharse.

De hecho, el taxi que había solicitado estaba a menos de 5 minutos.

Pero algo en la voz de su esposo la hizo quedarse.

Teresa cruzó los brazos.

—¿Qué te pasa?

Daniel sacó las manos de los bolsillos de su chamarra.

—Ayer dijiste que Mariana tenía que recordar que el departamento donde vivimos pertenece a nuestra familia.

—Pues sí.

—También dijiste que ella no tenía ningún derecho porque llegó con 2 maletas.

—Es la verdad.

Daniel negó lentamente.

—No, mamá. Esa es la versión que llevas años repitiendo porque te conviene.

Teresa dejó de sonreír.

La historia de aquellas propiedades comenzaba muchos años atrás.

La abuela de Daniel, doña Carmen, había tenido 2 departamentos en Guadalajara.

Uno amplio, en la colonia Americana, donde ahora vivían Daniel y Mariana.

El otro era más pequeño, ubicado cerca de Jardines del Bosque.

Teresa vivía allí desde hacía años.

Siempre hablaba de ese lugar como “mi departamento”.

Incluso había cambiado los muebles, remodelado la cocina y presumía delante de sus amigas que algún día quedaría oficialmente a su nombre.

Pero legalmente jamás había sido suyo.

Doña Carmen y Teresa habían mantenido una relación complicada durante los últimos años de vida de la anciana.

Habían discutido por dinero.

Por propiedades.

Por préstamos.

Sobre todo porque Teresa insistía constantemente en que su madre vendiera uno de los departamentos y le entregara una parte.

Carmen nunca aceptó.

Cuando murió, dejó un testamento perfectamente registrado ante notario.

Todo pasó a Daniel, su único nieto.

Los 2 departamentos.

Daniel nunca había echado a su madre del lugar donde vivía.

Jamás le cobró renta.

Pagaba incluso el predial y algunas reparaciones importantes.

Teresa simplemente decidió ignorar aquella parte de la historia.

—El departamento donde tú vives está a mi nombre —dijo Daniel.

Teresa palideció.

—Era de mi madre.

—Era. Ahora es mío.

—Pero ella siempre dijo…

—El testamento dice otra cosa.

—Yo soy tu mamá. Eso algún día será mío.

Daniel soltó una respiración cansada.

—¿Ves? Ese es exactamente el problema. Estás hablando de mis cosas como si fueran tuyas. De mi departamento. De mi dinero. De mi casa. Incluso de mi matrimonio.

Teresa miró alrededor, como si temiera que algún vecino estuviera escuchando.

Y sí.

Un señor del edificio contiguo acomodaba unas macetas en su balcón con una lentitud sospechosa.

—No mezcles las cosas —murmuró Teresa—. Yo solamente intento cuidarte.

—¿Cuidarme?

Daniel dio un paso hacia ella.

—Durante un mes viniste prácticamente todos los días. Mariana trabaja 9 horas, llega cansada y aun así cocina. Tú llegabas, criticabas la comida, te servías primero y después llenabas recipientes para llevártelos.

—¡Era comida!

—Exactamente. Comida que tú no comprabas.

Teresa levantó la barbilla.

—¿Ahora también tú me vas a cobrar?

—No.

Daniel hizo una pausa.

—La cuenta que Mariana hizo ayer era correcta.

Detrás de la jardinera, Mariana sintió un nudo en la garganta.

—Entonces ¿por qué la rompiste? —preguntó Teresa.

Era exactamente lo que Mariana quería saber.

Daniel respondió:

—Porque sabía que, si comenzaba a discutir contigo dentro del departamento, ibas a pasar 3 horas gritando, diciendo que te sentías mal, llamando a mis tías y convirtiendo nuestra casa en un circo.

Teresa abrió la boca.

—Yo jamás…

—Lo hiciste en Navidad.

Silencio.

—Lo hiciste cuando vendí el coche de mi abuela.

Otro silencio.

—Y lo hiciste cuando te dije que no iba a prestarte $80,000 pesos para remodelar una cocina que ni siquiera necesitas.

Teresa bajó la mirada.

—Así que ayer solamente quería que te fueras —continuó Daniel—. Pensaba hablar contigo hoy, lejos de Mariana.

—¿Y por qué lejos de ella?

—Porque este problema lo provoqué yo.

Aquella frase golpeó a Mariana más fuerte de lo que esperaba.

Daniel continuó:

—Durante meses te dejé hacer lo que quisieras porque poner límites me incomodaba. Cada vez que Mariana decía algo, yo respondía: “déjala”, “es mi mamá”, “ya se le pasará”. Me resultaba más fácil pedirle paciencia a mi esposa que pedirte respeto a ti.

Teresa apretó su bolsa contra el pecho.

—Te está poniendo en mi contra.

—No. Tú estás acostumbrada a que nadie te diga que no.

—Después de todo lo que hice por ti…

—Mamá.

La palabra salió firme.

—No quiero escuchar otra lista de sacrificios. Agradezco lo que hiciste por mí cuando era niño. Eso no significa que tengas permiso para tratar mal a mi esposa durante el resto de tu vida.

Teresa comenzó a llorar.

Pero esta vez Daniel no retrocedió.

—Qué fácil —dijo ella—. Llega una mujer, se casa contigo y tu madre se vuelve un estorbo.

—Nadie dijo eso.

—Me vas a abandonar.

—Tampoco.

—Entonces dame las llaves.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Teresa lo miró incrédula.

Daniel continuó:

—A partir de hoy no vuelves a entrar a nuestra casa sin invitación.

—¿Nuestra?

—Sí. Nuestra. Legalmente puede estar a mi nombre, pero ese es el hogar que construyo con Mariana.

Teresa soltó una risa llena de resentimiento.

—¿Y si entro? Tengo copia de una llave vieja.

Daniel la miró durante unos segundos.

—Hoy mismo cambio la cerradura.

El rostro de Teresa se endureció.

—Atrévete.

Daniel asintió.

—Y escucha muy bien lo siguiente porque no voy a repetirlo.

La voz de Daniel bajó.

Eso la volvió todavía más seria.

—Puedes seguir viviendo en el departamento de Jardines del Bosque. No voy a cobrarte renta. No voy a quitarte ayuda. Tampoco voy a dejarte sola si necesitas algo de verdad.

Teresa respiró aliviada demasiado pronto.

—Pero si vuelves a insultar a Mariana, si vuelves a llamarla “arrimada”, si entras a nuestra casa sin permiso o vuelves a exigir que me divorcie de ella…

Daniel señaló hacia la avenida.

—Pongo ese departamento en venta.

Teresa quedó inmóvil.

—No puedes hacerme eso.

—Legalmente puedo.

—¿Me echarías a la calle?

—No quiero hacerlo. Por eso te estoy dando la opción de que esto nunca llegue a pasar.

—¡Soy tu madre!

—Y Mariana es mi esposa.

—La conoces desde hace 3 años.

—Y elegí compartir mi vida con ella.

Teresa comenzó a llorar con más fuerza.