ntht/ Mi esposo rompió delante de su madre la cuenta de 16 mil pesos que preparé para demostrar cuánto nos costaban sus visitas diarias, y ella sonrió mientras me decía: “Ahora ya sabes cuál es tu lugar”.

PARTE 2

Durante los siguientes 9 días, Mariana dejó de discutir.

Y eso hizo que Teresa creyera que había ganado.

Llegaba alrededor de las 7 de la noche, dejaba su bolso sobre una silla y abría el refrigerador como si fuera suyo.

—Me voy a llevar este jamón.

—Lléveselo.

—También estas aceitunas.

—Adelante.

—¿Y este queso?

—También.

Daniel observaba aquella nueva tranquilidad casi satisfecho.

Pensaba que las 2 mujeres finalmente habían aprendido a convivir.

No sabía que Mariana anotaba absolutamente todo.

El queso importado.

El salmón.

La carne.

Los recipientes de caldo.

Las frutas.

Hasta el paquete de café que Teresa había guardado discretamente en su bolsa.

Al finalizar el mes, la cantidad ascendía a $16,430 pesos.

El viernes, Mariana imprimió la tabla.

Teresa llegó con hambre y mal humor.

—El piso está sucio —dijo apenas entró—. Una mujer debe cuidar su casa.

Mariana no respondió.

Sirvió pollo al horno, puré de papa y ensalada.

Esperó hasta que su suegra estuviera por servirse una segunda pieza.

Entonces colocó una hoja frente a ella.

—¿Qué es esto?

—Su cuenta del mes.

Teresa leyó las primeras líneas.

Su rostro cambió.

—¿Me estás cobrando comida?

—Estoy mostrando cuánto estamos gastando porque usted viene diariamente y además se lleva alimentos.

—¡Daniel!

Su grito retumbó en todo el departamento.

—¡Mira lo que está haciendo tu esposa!

Daniel tomó la hoja.

—Mariana… ¿hiciste todo esto?

—Sí.

Teresa se levantó.

—¡Pues escoge, hijo! Porque yo no pienso volver a dejar que esta mujer me humille. O ella o tu madre.

Mariana miró directamente a Daniel.

Esperaba, por primera vez, que pusiera un límite.

Daniel apretó la mandíbula.

Luego tomó la hoja…

y la rompió por la mitad.

Después volvió a romperla.

Los pedazos cayeron sobre la mesa.

—Ya basta —dijo.

Teresa sonrió.

Una sonrisa pequeña, orgullosa.

—Eso pensé.

Se acercó a Mariana.

—Ahora ya sabes cuál es tu lugar.

Y salió del departamento.

Mariana no gritó.

No lloró.

Caminó hasta la recámara, sacó una maleta grande del clóset y comenzó a guardar su ropa.

Daniel apareció en la puerta.

—¿Qué estás haciendo?

—Me voy mañana.

—¿Por una cuenta del súper?

Mariana se volvió hacia él.

—No. Me voy porque cuando tu madre me pidió que compitiera contra ella por mi propio esposo, tú rompiste la única prueba que yo puse sobre la mesa.

Daniel permaneció en silencio.

A las 11:30 de la noche, Mariana cerró la maleta.

A las 7 de la mañana siguiente salió del departamento.

Pero antes de llegar a la calle escuchó voces en el estacionamiento.

Reconoció inmediatamente la de Teresa.

—Hijo, ahora que esa mujer se largó, dame una copia de las llaves. Hoy mismo me cambio contigo.

Mariana se quedó inmóvil detrás de una jardinera.

Entonces escuchó la respuesta de Daniel.

Y comprendió que la noche anterior había interpretado todo mal.