Tres días después, 4 hombres llegaron a la fonda con chalecos que imitaban los de una empresa de cobranza. Mauricio venía detrás. Había recuperado su libertad con medidas cautelares y parecía más desesperado que asustado.
—Todo lo de mi esposa es mío —anunció frente a los clientes—. Llévense la caja, los refrigeradores y las ollas.
Uno de los hombres pegó calcomanías falsas de embargo. Otro tomó fotografías del equipo. Ofelia apareció señalando hasta las mesas.
—Eso se compró mientras estaban casados.
—Era de mi madre —respondí—. Ustedes lo saben.
Mauricio me quitó el teléfono y lo lanzó contra el piso.
—No me vas a dejar en la calle después de todo lo que hice por ti.
—¿Qué hiciste por mí?
—Te di apellido, casa y familia.
—Me diste deudas, miedo y una hija que aprendió a esconderse cuando escuchaba tus pasos.
Su rostro se endureció. Dio un paso hacia mí, pero los clientes se levantaron. Don Eusebio salió del mercado con otros locatarios. La señora Meche cerró la entrada para que nadie sacara nada.
Entonces llegó Julián con 2 policías y una notaria.
—Este local fue heredado antes de cualquier inversión del señor Cárdenas —dijo, mostrando las escrituras—. No puede garantizar sus deudas. Además, estas calcomanías son falsas y quienes intenten retirar bienes serán detenidos por robo y extorsión.
Los cobradores miraron a Mauricio.
—Dijiste que el negocio era tuyo.
—Lo será cuando el juez decida.
—No lo será —respondió Julián—. Y ustedes deberían saber que él obtuvo préstamos con firmas falsificadas.
Uno de los hombres arrancó su propia calcomanía de la puerta.
