PARTE 3
—¿Eso piensas de todo lo que hice por nuestra familia?
Ricardo levantó las manos.
—Ay, Elena, no empieces con el drama. No dije que fueras inútil. Eres buena para la casa.
Buena para la casa.
Elena recordó una Navidad, quince años atrás.
Ricardo había perdido su empleo.
Tenían dos niños pequeños y menos de mil pesos en la cuenta.
Ella consiguió cinco proyectos de traducción en una semana.
Durante diez noches casi no durmió.
Cuando finalmente logró reunir suficiente dinero para pagar renta, comida y medicamentos, Ricardo la abrazó llorando.
“Eres la mujer más inteligente que conozco.”
El hombre frente a ella ya ni siquiera recordaba haber dicho aquello.
—Mañana voy a trabajar —repitió Elena.
—Entonces bloqueó tus tarjetas.
—Hazlo.
Ricardo se quedó callado.
Esperaba otra respuesta.
Una súplica.
Elena caminó hasta el recibidor, abrió su bolso y sacó una carpeta transparente.
Regresó a la cocina.
La colocó frente a él.
Ricardo miró los documentos.
—¿Qué es esto?
—Léelos.
Lo hizo.
La expresión de su rostro cambió lentamente.
Primero confusión.
Después incredulidad.
Finalmente miedo.
—¿Demanda de divorcio?
Elena asintió.
—Mi abogada terminó los documentos ayer.
—¿Estás loca?
—No.
—¿Desde cuándo estás planeando esto?
—Desde que me mandaste a “ponerme presentable”.
Ricardo soltó los papeles.
—¡Por una frase!
—No fue una frase.
Elena habló sin levantar la voz.
—Fue la forma en que me miraste mientras la decías.
Ricardo comenzó a caminar por la cocina.
—No entiendo nada. Te di dinero. Te pagué tratamientos carísimos. Te compré ropa. ¿Qué querías que hiciera?
—Quería que me preguntaras cómo estaba después de que murió mi mamá.
Él se detuvo.
—Otra vez con eso.
—Quería que cuando estuviera destrozada no me dijeras que dejara de llorar porque afectaba tu humor.
—Yo tenía presión en el trabajo.
—Siempre había algo más importante.
Ricardo se pasó una mano por el cabello.
—Tenemos veintitrés años casados.
—Lo sé.
—Tenemos hijos.
—También lo sé.
—¿Y vas a destruir una familia por un evento empresarial?
Elena negó lentamente.
—Ricardo, nuestra familia no se destruyó esta noche.
Se acercó a la mesa y señaló los documentos.
—Yo simplemente dejé de fingir que seguía intacta.
Él tomó nuevamente la carpeta.
—Ni siquiera sabes cómo funciona esto. El departamento está a mi nombre.
—Lo compramos cuando ya estábamos casados.
Silencio.
—La casa de Cuernavaca también.
Ricardo tragó saliva.
—Mi camioneta es mía.
—Se pagó durante el matrimonio.
—Mis inversiones…
Elena arqueó una ceja.
—También las revisará mi abogada.
Aquella frase le produjo un efecto inmediato.
—¿Qué inversiones?
Demasiado rápido.
Demasiado nervioso.
Elena lo observó.
Durante las últimas semanas había descubierto varias transferencias que Ricardo hacía desde una cuenta empresarial hacia otra cuenta personal.
No sabía todavía qué significaban.
Por eso su abogada había solicitado información financiera completa.
