PARTE 1
—Arréglate, porque no pienso llegar al evento con una esposa que parezca mi empleada doméstica.
Elena dejó inmóvil la taza que estaba secando.
Después de veintitrés años de matrimonio, creyó que ya conocía todas las formas en que Ricardo podía lastimarla. Se equivocaba.
Él dejó sobre la mesa de la cocina una tarjeta elegante de una clínica estética de Polanco.
—Mañana tienes cita a las dos. Ya pagué tratamientos, cabello, maquillaje y una asesora de imagen. Dentro de dos semanas es la cena anual de la empresa. Me acaban de nombrar director regional y necesito causar buena impresión.
Elena lo miró en silencio.
—¿Y qué tiene de malo mi cara?
Ricardo soltó una risa corta.
—No empieces. Mírate. Siempre con el cabello amarrado, ropa holgada, ojeras… Ya nuestros hijos están en la universidad. No tienes excusa para seguir descuidándote. Quiero que cuando mis nuevos gerentes me vean llegar contigo piensen que tengo todo bajo control.
Todo.
La empresa.
El dinero.
La esposa.
Elena entendió perfectamente.
Seis meses antes había muerto su madre. Durante semanas apenas pudo dormir. Ricardo jamás la abrazó para preguntarle cómo se sentía.
Una noche incluso le dijo:
—Todos nos vamos a morir. Ya supéralo. No puedo llegar estresado al trabajo porque tú estás deprimida todo el día.
Al día siguiente Elena llegó a la clínica.
La especialista examinó su rostro bajo una lámpara y chasqueó la lengua.
—Uy, señora, sí se dejó bastante. Pero no se preocupe. Su marido pagó el paquete completo.
Aquella frase dolió más que las agujas.
Mientras soportaba cada procedimiento, Elena recordó otra época.
Cuando Ricardo no era director de nada.
Cuando vivían en un departamento diminuto en Iztapalapa y su hijo mayor sufría bronquitis constantemente.
Ricardo estudiaba por las noches. Elena trabajaba desde casa traduciendo manuales técnicos para proveedores extranjeros. Dormía tres horas, cuidaba a los niños y todavía ayudaba a su esposo con sus proyectos.
Entonces Ricardo besaba sus ojeras.
—Cuando salgamos adelante, todo será gracias a ti.
Habían salido adelante.
El problema era que Ricardo había decidido olvidar quién lo sostuvo cuando no tenía nada.
Durante los siguientes días, una estilista cambió su cabello, su guardarropa y hasta la manera en que caminaba.
La noche del evento, Elena apareció con un vestido oscuro de corte elegante, el cabello perfectamente arreglado y una seguridad que ni ella misma recordaba tener.
Ricardo se quedó mirándola.
—Caray… ahora sí pareces la esposa de un director.
Intentó rodearle la cintura.
Elena dio un pequeño paso hacia atrás.
Él creyó que era para no arrugar el vestido.
No sabía que tres días antes, mientras esperaba con el rostro inflamado en aquella clínica, Elena había hecho una llamada.
Y la persona que contestó era una abogada especialista en divorcios.
Aquella noche, Ricardo todavía pensaba que estaba llevando un trofeo a su cena empresarial.
No podía imaginar que regresaría a casa con una mujer completamente distinta.
