ntht/ Mi esposo me echó de casa por pedirle que recogiera sus calcetines y todavía tuvo el descaro de gritarme: “Aquí no eres nadie, esta casa es mía”. Me fui con mi maleta sin derramar una lágrima, convencida de que pediría el divorcio… pero al día siguiente su propia madre apareció con las escrituras, las llaves del coche y una orden que le borró la sonrisa de golpe.

PARTE 1

—¡Lárgate de aquí! Esta es mi casa, mis reglas, y si no te gusta, te puedes ir hoy mismo.

Javier gritaba en medio de la sala mientras señalaba la puerta como si fuera dueño de un penthouse en Polanco y no un hombre de 34 años viviendo gratuitamente en el departamento de su madre.

Yo, Mariana, me quedé mirando el desastre alrededor.

Cáscaras de semillas sobre la alfombra. Dos latas vacías de cerveza junto al sillón. Una playera tirada sobre la mesa y, cerca del pasillo, uno de sus calcetines hecho bola.

Todo había empezado porque le pedí que barriera.

Eso fue todo.

Yo había trabajado nueve horas en una panadería de la colonia Del Valle, regresé cansada y encontré exactamente el mismo desorden que había dejado esa mañana.

—Javier, por favor, aunque sea recoge tus cosas.

Su respuesta fue explotar.

—¡Ya estás otra vez fastidiando! ¡Aquí no eres mi mamá!

—No. Precisamente por eso espero vivir con un adulto.

Aquella frase terminó de incendiarlo.

—Pues si tan mal estás, ¡vete! El departamento es mío.

Eso era mentira.

El departamento pertenecía a su madre, Teresa, quien se había mudado a Cuernavaca dos años antes y nos había permitido vivir allí mientras ahorrábamos para comprar algo propio. Yo pagaba la mitad del mantenimiento, servicios, comida y prácticamente todas las reparaciones pequeñas. Incluso la renovación del baño había salido de mis ahorros.

Pero Javier llevaba tanto tiempo diciendo “mi casa” que parecía haberse convencido.

—¿Estás seguro? —pregunté.

—Completamente. Y llévate tus cosas.

No lloré.

Saqué mi maleta amarilla del clóset y empecé a guardar ropa, documentos, cosméticos y mi almohada ortopédica. Después fui a la cocina y tomé una sartén de hierro que había comprado con mi bono de fin de año.

Javier me observaba esperando una escena.

—¿Ni siquiera vas a pedirme perdón?

Me detuve.

—¿Por pedirte que recojas un calcetín?

Su cara cambió.

Diez minutos después cerré la puerta detrás de mí.

Terminé durmiendo en el pequeño departamento de Fernanda, mi mejor amiga, en Narvarte. Ella trabajaba haciendo uñas desde casa y apenas tenía espacio entre esmaltes, lámparas y el enorme gato naranja que llamaba Churro.

—¿Te echó por pedirle que limpiara?

—Me echó porque está convencido de que servirle es mi obligación.

—¿Y ahora?

Tomé un sorbo de café.

—Divorcio.

A la mañana siguiente fui a trabajar como siempre.

Cerca del mediodía, mientras acomodaba una charola de conchas recién horneadas, escuché la campanita de la entrada.

Levanté la mirada.

Frente al mostrador estaba Teresa, mi suegra.

Traía un elegante saco color crema, el cabello perfectamente acomodado y esa expresión severa que hacía callar hasta al administrador del edificio.

—Mariana —dijo—. Dame un espresso… y siéntate conmigo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Pensé que Javier ya había llamado a su mamá para contarle su versión.

Pensé que Teresa venía a defenderlo.

Pero cuando se sentó frente a mí, colocó las llaves del departamento sobre la mesa y pronunció una frase que me dejó helada:

—Esta mañana fui a mi propiedad y vi cómo está viviendo mi hijo. Ahora necesito que tú regreses conmigo porque Javier todavía no sabe que hoy va a perder mucho más que una esposa.

Y por la mirada de Teresa, entendí que aquello apenas comenzaba.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…