PARTE 4
Él miró alrededor.
—No es lo que piensas.
—Entonces explícame.
Según Alejandro, Teresa había convencido a su hijo de invertir en un departamento para rentarlo por temporadas. La propiedad quedaría temporalmente a nombre de ella porque podía acceder a mejores condiciones crediticias.
—Después iba a pasar a mi nombre.
—¿Y por qué usar nuestros ahorros sin decirme?
—Porque sabía que ibas a oponerte.
Mariana soltó una risa seca.
—Entonces sí es exactamente lo que pienso.
—Yo también trabajé por ese dinero.
—Y yo también. Mientras tú trabajabas fuera, yo atendía pedidos, llevaba la casa, hacía tus comidas, organizaba tu vida y rechazaba trabajos grandes porque tú decías que mi taller hacía demasiado ruido.
Alejandro no respondió.
Mariana continuó:
—¿Sabes qué fue lo peor? Durante años me hiciste creer que coser era un pasatiempo ridículo. Pero cuando necesitaste dinero para tu “futuro”, no tuviste problema en llevarte lo que yo había ayudado a ahorrar.
—Nunca dije que fueras inútil.
—No hacía falta. Cada vez que tu mamá se burlaba y tú te quedabas callado, decías lo mismo.
Alejandro bajó los ojos.
Mariana guardó el documento.
—No quiero vengarme. Quiero lo que me corresponde. Ni un peso más. Ni uno menos.
El proceso se volvió desagradable.
Teresa aseguró que el dinero había sido un préstamo voluntario de Alejandro.
El abogado de Mariana pidió comprobantes.
No existía contrato de préstamo.
Después aparecieron mensajes donde Teresa escribía:
“Haz la transferencia antes de hablar con ella. Cuando esté enojada no va a pensar con claridad.”
Otro decía:
“Si acepta quedarse en la casa, seguro ni pregunta por el dinero.”
Y uno más:
“Después de unos meses vas a extrañar que te atienda, pero no confundas costumbre con amor.”
Mariana leyó aquel último mensaje varias veces.
Teresa había acertado en algo.
Alejandro sí comenzó a extrañar que lo atendieran.
Pero confundió completamente la razón.
Pasados tres meses, él empezó a aparecer en el taller con excusas.
Primero llevó una caja que, según él, Mariana había olvidado.
Después preguntó si podía arreglarle un pantalón.
Finalmente llegó un viernes poco antes de cerrar.
—Tenemos que hablar.
—Otra vez.
—Mi mamá y yo discutimos.
Mariana continuó doblando una tela.
—Lo siento.
—El departamento salió mal.
Ella levantó la vista.
—¿Cómo que salió mal?
Teresa había utilizado una parte de sus propios ahorros para completar el enganche, pero no consiguió el crédito que esperaba. El apartado estaba en riesgo y recuperarían solo una fracción de lo entregado.
Alejandro había perdido casi todo el dinero transferido.
—Mi mamá dice que tú podrías retirar la denuncia dentro del proceso y llegar a un acuerdo.
Mariana lo observó incrédula.
—¿Viniste a pedirme que yo absorba una pérdida que ustedes provocaron?
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga?
Alejandro elevó la voz.
—¡Éramos una familia!
Mariana dejó lentamente la tela.
—Éramos una familia cuando sacaste dinero sin avisarme. Éramos una familia cuando tu mamá me humillaba. Éramos una familia cuando llegaste a decirme que ya no me amabas esperando que yo siguiera cocinándote mientras decidías qué hacer con tu vida.
Varias clientas miraron desde el área de pruebas.
Alejandro bajó la voz.
—No vine a pelear.
—Entonces no pelees. Hazte responsable.
Se marchó furioso.
Mariana pensó que aquello había terminado.
Pero faltaba la humillación más grande.
Dos semanas después, Teresa entró al taller.
No saludó.
Recorrió con la mirada los vestidos colgados y a las mujeres esperando.
—Veo que aprovechaste bastante el divorcio.
Mariana siguió trabajando.
—¿Necesita algo?
—Que dejes de castigar a Alejandro.
—Yo no lo estoy castigando.
—Le estás quitando dinero.
Mariana dejó las tijeras.
—Estoy recuperando mi mitad.
Teresa se acercó.
—Ese dinero jamás habría existido sin mi hijo.
El taller quedó en silencio.
Claudia, que estaba probándose una chaqueta, abrió la cortina.
Mariana sintió durante un segundo aquella vieja vergüenza.
La mujer que había pasado años creyendo que su trabajo era pequeño estuvo a punto de bajar la mirada.
Pero ya no era esa mujer.
—Doña Teresa, en los últimos cuatro meses mi negocio ha generado más dinero del que yo ganaba en todo un año cuando estaba casada.
La suegra frunció el ceño.
—No te creo.
—No necesito que me crea.
—Alejandro te mantuvo doce años.
Mariana negó con la cabeza.
—Alejandro pagaba una parte de los gastos. Yo pagaba otra. Además cocinaba, limpiaba, administraba y trabajaba. Que ustedes nunca hayan valorado ese trabajo no significa que fuera gratis.
Teresa perdió la paciencia.
—Mi hijo podía haberse casado con alguien mucho mejor.
