PARTE 3
Mariana no respondió a Teresa en plena calle.
Guardó la carpeta contra su pecho y dijo:
—Perfecto. Entonces hablaremos de ese “futuro” durante el divorcio.
La sonrisa de Teresa desapareció.
—No tienes necesidad de meter abogados.
—Curioso. Para sacar dinero de nuestra cuenta tampoco consideraron necesario preguntarme.
Alejandro intentó intervenir.
—Mariana…
—Nos vemos cuando llegue la cita.
Se fue.
Esa tarde tomó una decisión que llevaba años posponiendo.
Rentó un pequeño local de treinta metros cuadrados en una colonia cercana al centro de Guadalajara. No era elegante. Tenía paredes blancas, un baño diminuto y un gran ventanal por donde entraba suficiente luz para trabajar.
Cuando el dueño le preguntó si estaba segura, Mariana observó aquel espacio vacío y vio algo que él no podía ver.
Dos máquinas.
Un espejo grande.
Percheros.
Rollos de tela.
Clientas entrando.
Su nombre en la puerta.
—Sí —respondió—. Me lo quedo.
Sus ahorros personales apenas alcanzaban para depósito, renta y una mesa de corte usada.
Claudia llegó el primer día con café y una planta.
—Para que no parezca consultorio abandonado.
Después llegaron dos clientas con bolsas de tela.
Luego otra.
En menos de un mes Mariana dejó de trabajar en el comedor de casa.
El pequeño local comenzó a llenarse de vestidos, chaquetas, faldas y mujeres que llegaban diciendo cosas que ella había escuchado demasiadas veces:
“No quiero verme gorda.”
“Ya estoy grande para usar algo bonito.”
“Mi esposo dice que eso no me queda.”
“Mejor algo discreto para que nadie me mire.”
Mariana siempre contestaba casi lo mismo:
—La ropa tiene que quedarte a ti. Tú no tienes que hacerte más pequeña para caber en la ropa… ni en la vida de nadie.
Quizá se lo decía también a sí misma.
El divorcio avanzaba.
Alejandro, en cambio, parecía cada vez más confundido.
Una noche llamó.
—¿Podemos hablar?
—Estamos hablando.
—En persona.
—¿Sobre qué?
—Nosotros.
Mariana estuvo a punto de negarse, pero aceptó verlo en una cafetería.
Alejandro llegó con una camisa arrugada que ella le había regalado años atrás.
—Te ves diferente —dijo él.
—Estoy trabajando mucho.
—Mi mamá dice que pusiste un taller.
Mariana sonrió.
Claro.
Teresa siempre terminaba enterándose.
—Un pequeño atelier.
—¿Y te está yendo bien?
—Sí.
Alejandro movió la cucharita dentro de su café.
—He pensado mucho.
Mariana reconoció aquella expresión.
Durante doce años la había visto cada vez que él necesitaba pedirle algo.
—Dilo.
—Creo que fui impulsivo.
—No parecías impulsivo cuando transferiste 140 mil pesos antes de decirme que ya no me amabas.
Alejandro suspiró.
—Ya te expliqué eso.
—No. Dijiste que era para tu mamá.
—Ella me ayudó con un proyecto.
Mariana abrió su bolso y sacó una copia.
La dejó sobre la mesa.
Alejandro palideció.
Era el contrato de apartado de un departamento nuevo en Puerto Vallarta.
Titular de la operación: Teresa Salgado.
Beneficiario adicional: Alejandro Ortega.
Monto inicial: 140 mil pesos.
Fecha: tres días antes de pedirle la separación.
—¿Cómo conseguiste esto?
—Estaba entre tus documentos fiscales. Llevamos doce años casados, Alejandro. Sé perfectamente dónde guardabas todo.
