PARTE 3
Pasó otra hoja.
—Y los doce mil que según ella yo había mandado a una cuenta secreta fueron para tu seguro de gastos médicos complementario.
Mariana cerró la carpeta.
—No escondí un solo peso.
Alejandro parecía cada vez más pequeño dentro de su camisa de director.
—Yo… no revisé.
—Exactamente.
Mariana lo miró fijamente.
—No revisaste nada. No preguntaste. No hablaste conmigo. Preferiste creer que tu esposa era infiel y ladrona porque tu mamá te dijo lo que tu ego quería escuchar.
Aquello dolió más que cualquier grito.
Alejandro bajó la mirada.
Teresa decidió que ya había soportado suficiente humillación.
—¡Ya basta! —exclamó—. Sí, hablé de más. Sí, exageré algunas cosas. ¿Y qué? Soy su madre. Tengo derecho a esperar que mi hijo me ayude.
Don Joaquín se puso de pie.
—Ayudar no significa mantenerte los caprichos.
—Tú cállate. Si hubieras sido un buen marido, yo no habría tenido que buscar apoyo en mi hijo.
—Fui tan buen marido que durante treinta y siete años pagué cosas que ni sabía que existían.
Teresa apretó los labios.
Don Joaquín continuó:
—Cuando trabajaba, cada vez que recibía bono aparecía un tratamiento nuevo, una pantalla nueva, una comida con amigas o una mensualidad de algo. Nunca te dije que no compraras nada. Te dije que después de jubilarme tendríamos que vivir con lo que realmente tenemos.
—¡Eso es condenarme a vivir como pobre!
—Tenemos dos pensiones y el departamento no paga renta.
—¡No alcanza para vivir como yo merezco!
Don Joaquín la observó unos segundos.
—Ahí está el problema, Teresa. Nunca quisiste vivir como podíamos. Querías vivir como creías que los demás debían verte.
Teresa se volvió hacia Alejandro.
—Hijo, vámonos adentro y hablamos.
Alejandro no se movió.
—No.
Ella parpadeó.
—¿Cómo que no?
—No vas a vivir aquí.
La expresión de Teresa cambió.
—Alejandro…
—Hace una hora estaba dispuesto a echar a mi esposa de su casa porque te creí.
Mariana lo interrumpió:
—No digas “porque te creí” como si hubieras sido un niño indefenso. Tú tomaste esa decisión.
Alejandro recibió el golpe sin protestar.
—Tienes razón.
Teresa señaló a Mariana.
—¿Ves? ¡Así te habla! Ni siquiera después de todo esto deja de humillarte.
Alejandro la miró.
Por primera vez aquella frase no surtió efecto.
—No me está humillando. Me está diciendo la verdad.
Teresa dio un paso atrás.
—¿Entonces ahora vas a escoger a esa mujer por encima de tu madre?
Mariana sintió que aquella frase resumía perfectamente toda la situación.
Como si el matrimonio de su hijo fuera una competencia.
Como si querer a una madre exigiera obedecerle.
Como si una esposa tuviera que desaparecer cada vez que la madre reclamara territorio.
Alejandro negó con la cabeza.
—No tengo que escoger entre ustedes. Tú fuiste la que convirtió esto en una guerra.
Teresa se quedó muda.
Don Joaquín metió las manos en los bolsillos.
—Y ahora falta mi parte.
Ella lo miró con alarma.
—¿Qué?
—Dijiste que te divorciabas de mí.
—Estaba enojada.
—Mandaste una mudanza.
—Podemos cancelar.
—Les dijiste a tus amigas que pensabas instalarte aquí para manejar el dinero de Alejandro.
—¡Era una forma de hablar!
—Pues yo también voy a hablar de una forma muy clara.
Don Joaquín señaló las cajas.
—Esas cosas ya no regresan a mi departamento.
Teresa se quedó blanca.
—No puedes correrme.
—El departamento lo heredé de mis padres antes de casarnos. Ya hablé con un abogado. Tus pertenencias personales son tuyas y se respetan, pero yo voy a iniciar formalmente la separación. Después veremos legalmente lo que corresponda.
Aquello terminó de romper su seguridad.
Durante semanas, Teresa había imaginado una transición perfecta.
Saldría del departamento de Joaquín presentándose como víctima.
Llegaría a la casa del hijo convertido en director.
Ocuparía una habitación.
Poco a poco se adueñaría de las decisiones.
Y Mariana terminaría lejos.
Nunca consideró la posibilidad de que ambos hombres dejaran de obedecerle al mismo tiempo.
—¿Dónde quieres que viva? —preguntó.
Don Joaquín se encogió de hombros.
—Tu hermana Gloria lleva años invitándote a pasar temporadas con ella en Hidalgo.
—¡Gloria vive en un pueblo!
—Tiene una casa enorme.
—¡Tiene gallinas!
—También jardín. Te gusta presumir que amas la naturaleza.
Uno de los trabajadores tosió para disimular otra risa.
Teresa lo fulminó con la mirada.
Después se acercó a Alejandro.
—Hijo, solamente serán unos días.
Alejandro negó.
—No.
—Puedo dormir en la habitación de visitas.
—No.
—Ni siquiera voy a molestarlos.
Mariana miró las doce cajas, tres maletas y una televisión envuelta en cobijas.
“Unos días”, pensó.
Claro.
Teresa comenzó a llorar.
Pero ni una sola lágrima consiguió borrar lo que todos acababan de escuchar.
—Después de todo lo que hice por ti…
Alejandro apretó la mandíbula.
—Precisamente porque eres mi mamá me duele más.
Ella dejó de llorar por un segundo.
—¿Qué significa eso?
—Que yo confiaba en ti.
Alejandro señaló a Mariana.
—Sabías cuáles eran mis inseguridades. Sabías que el ascenso me había cambiado. Y en vez de bajarme a tierra, aprovechaste para inflarme más el ego y ponerme contra mi esposa.
Teresa guardó silencio.
Alejandro respiró hondo.
—Me convertiste en el instrumento de tu plan.
Don Joaquín negó con la cabeza.
—No le des todo el crédito, hijo. Tú también te dejaste convertir.
Alejandro asintió.
—Lo sé.
Esa respuesta sorprendió incluso a Mariana.
Teresa comprendió que ya no tenía aliados.
Se volvió hacia los trabajadores.
—Suban las cosas otra vez.
El conductor consultó la dirección en su hoja.
—¿A dónde las llevamos?
Teresa miró a Joaquín.
Él no respondió.
Miró a Alejandro.
Él tampoco.
Finalmente sacó el teléfono y marcó.
—Gloria…
Su voz cambió inmediatamente.
—Hermana, ocurrió una situación horrible. Joaquín se volvió loco y…
Don Joaquín levantó una ceja.
Teresa se alejó algunos metros para continuar su nueva versión de los acontecimientos.
Quince minutos después, la camioneta de mudanzas arrancó rumbo a Hidalgo.
Teresa se fue dentro.
No se despidió.
Cuando el vehículo desapareció en la esquina, don Joaquín respiró profundamente.
