PARTE 2
—Repíteme eso despacio —dijo Mariana.
Alejandro cruzó los brazos.
—Mi mamá se está separando de mi papá. El departamento donde viven era de mis abuelos y quedó a nombre de él. Ella no tiene adónde ir.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Que ésta también es mi casa.
—Nuestra casa.
Alejandro hizo una mueca.
—Durante el divorcio se puede calcular cuánto vale tu parte. Yo te voy pagando.
Mariana soltó una carcajada seca.
Habían dado enganche juntos. Ella había pagado muebles, remodelación y casi la mitad de cada mensualidad durante cuatro años.
—¿Me quieres sacar hoy y pagarme mi parte durante quién sabe cuántos años?
—Mi sueldo ahora me permite hacerlo.
Ahí estaba.
El famoso ascenso.
La pequeña corona invisible que Teresa llevaba semanas colocando sobre la cabeza de su hijo.
—No me voy a ninguna parte —respondió Mariana—. Y si tu mamá llega creyendo que puede instalarse en mi recámara mientras tú me expulsas, va a descubrir que la vida real no funciona como sus novelas.
Alejandro encendió la televisión y subió el volumen.
—Ya veremos. Viene en camino.
Mariana sacó el celular para llamar a una abogada.
Antes de marcar, entró una llamada.
Don Joaquín.
Aquello ya era extraño. Su suegro casi nunca la llamaba.
—¿Bueno?
—Mariana, ¿estás en casa?
Al fondo se escuchaba el ruido metálico de herramientas.
—Sí.
—¿Alejandro también?
—Sí. Y acaba de decirme que usted y doña Teresa se divorcian, que ella viene para acá y que yo tengo que irme.
Hubo unos segundos de silencio.
Después, don Joaquín se rio.
No era una risa alegre.
Era la risa de alguien que sabía algo que los demás ignoraban.
—Perfecto —dijo—. No dejes que nadie saque nada. En veinte minutos llego.
La llamada terminó.
Veinticinco minutos después, don Joaquín estacionó su vieja camioneta frente a la casa.
—¿Y mi mamá? —preguntó Alejandro al verlo.
—También viene.
—¿Entonces sí se van a separar?
Don Joaquín se sentó tranquilamente en una banca junto a la entrada.
—Claro que sí, hijo. Pero antes quiero ver cómo piensa mudarse la nueva dueña de esta casa.
A lo lejos apareció una camioneta de mudanzas.
Teresa bajó del asiento del copiloto con lentes oscuros, una maleta grande y expresión triunfal. Dos trabajadores comenzaron a descargar cajas.
Hasta que vio a su marido.
Se quedó petrificada.
—Joaquín… ¿qué haces aquí?
—Vine a despedirte, Tere.
Teresa palideció.
Don Joaquín sacó el celular.
—Y también vine porque creo que Alejandro merece escuchar algo antes de entregarte la casa, la tarjeta y, de paso, su matrimonio.
Teresa dejó caer el bolso sobre una caja.
—No sé de qué estás hablando.
Don Joaquín tocó la pantalla.
La voz de Teresa salió del altavoz con absoluta claridad:
“Ese muchacho se cree muy importante desde que lo hicieron director. Si le digo dos cosas bonitas y le meto celos con Mariana, hace lo que yo quiera…”
Alejandro dejó de respirar por un instante.
La grabación apenas llevaba diez segundos.
Y lo peor todavía no había sonado.
PARTE 3
La calle entera pareció quedarse en silencio.
Hasta los trabajadores de la mudanza dejaron de bajar cajas.
Teresa miró el celular de don Joaquín como si quisiera hacerlo explotar con los ojos.
Pero la grabación continuó.
Su propia voz llenó la entrada de la privada.
—…Mariana es el problema. Esa mujer revisa todo. Alejandro iba a darme dinero para cambiar el comedor y ella salió con que primero estaba la hipoteca. ¿Tú crees? Como si mi hijo necesitara pedir permiso para ayudar a su madre.
Después se escuchó otra voz femenina. Probablemente una amiga.
—¿Y qué vas a hacer?
Teresa respondió riéndose.
—Ya le sembré la duda.
Alejandro cerró lentamente los ojos.
Mariana permaneció inmóvil.
—Le dije que ese vecino, Sergio, viene cuando él trabaja. También le dije que Mariana guarda dinero escondido y que seguramente está preparando dejarlo. Alejandro se tragó todo. Desde que lo ascendieron trae el ego por las nubes. Nada más le dices “director” y siente que es dueño de Querétaro.
Uno de los trabajadores de la mudanza bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Alejandro estaba rojo.
Pero la voz de su madre seguía.
—Yo me voy a hacer la víctima con lo del divorcio. Le diré que Joaquín me está corriendo y que no tengo dónde vivir. Alejandro va a sacar a Mariana. Me voy a instalar con él y entonces sí vamos a vivir bien. ¿Tú crees que voy a pasar mi vejez contando monedas mientras mi hijo gana lo que gana?
La amiga preguntó:
—¿Y si Mariana pelea la casa?
Teresa soltó una carcajada.
—Pues que pelee. Que vaya con abogados. Mientras tanto yo ya voy a estar adentro. Alejandro le paga su parte poco a poco y listo. Con el tiempo se va a cansar.
Don Joaquín detuvo la grabación.
Nadie habló.
Teresa respiraba con rapidez.
Alejandro parecía incapaz de levantar la mirada.
Mariana sintió algo inesperado.
No satisfacción.
Ni siquiera enojo.
Sintió vergüenza ajena.
Su esposo había estado a punto de destruir cuatro años de matrimonio porque su madre supo exactamente dónde acariciarle el ego.
—Mamá… —murmuró Alejandro.
Teresa reaccionó.
—Eso está sacado de contexto.
Don Joaquín arqueó una ceja.
—¿Qué parte? ¿Cuando dices que tu hijo es manipulable o cuando explicas cómo piensas echar a su esposa de su propia casa?
—¡Tú me grabaste sin permiso!
—La cámara está en mi propio departamento, en el recibidor. La puse después de que desaparecieron dos sobres con dinero y pensé que podía estar entrando alguien.
Teresa abrió la boca.
La cerró.
Luego cambió de estrategia.
—Seguro alteraste el audio.
Don Joaquín soltó una pequeña risa.
—Teresa, apenas sé mandar un PDF por WhatsApp. No empieces con tecnologías porque te vas a hundir más.
Alejandro finalmente levantó la cabeza.
—¿Lo de Sergio era mentira?
Teresa miró hacia otro lado.
—Yo solamente quería abrirte los ojos.
—Te pregunté si era mentira.
—Bueno… nunca dije que los hubiera visto besándose.
Mariana dio un paso hacia adelante.
—No. Solamente insinuaste durante semanas que yo engañaba a tu hijo porque Sergio vino dos veces a reparar una sección de la barda.
—¡No te metas!
Mariana casi sonrió.
—Es mi matrimonio, mi casa y mi reputación. Creo que llegaste un poco tarde para decirme que no me meta.
Alejandro se pasó ambas manos por el rostro.
De repente muchas cosas parecían acomodarse en su cabeza.
Las supuestas advertencias de Teresa.
Sus comentarios sobre los horarios de Mariana.
Las llamadas nocturnas.
La insistencia en preguntar cuánto ganaba ahora.
Las veces que había sugerido que él debía tener una tarjeta separada “que su esposa no controlara”.
—También me dijiste que Mariana había sacado dinero de nuestra cuenta —recordó.
Teresa vaciló.
—Porque una madre nota cosas.
Mariana entró a la casa y volvió con una carpeta.
La abrió sobre el cofre de la camioneta.
—Aquí están los movimientos de los últimos seis meses.
Alejandro reconoció las hojas.
—La transferencia que tu mamá dijo que yo “había escondido” fue el pago anticipado del seguro de la casa. Tú mismo autorizaste la transferencia.
Alejandro tragó saliva.
Lo recordaba.
—Los dieciocho mil pesos que supuestamente desaparecieron fueron para impermeabilizar.
