PARTE 3
El documento era una solicitud de venta.
Cuatro años antes, cuando todavía estábamos casados, Ricardo había intentado convencerme de vender el terreno.
En aquel momento un conocido suyo quería comprarlo barato para construir bodegas.
Yo me negué.
Recuerdo perfectamente aquella discusión.
—Ese lugar no vale nada —me dijo Ricardo—. Deberíamos aceptar antes de que se siga deteriorando.
—El terreno puede subir de precio.
—Mariana, tú diseñas cocinas. No eres experta en inversiones.
Terminamos peleados durante varios días.
Lo que yo no sabía era que Ricardo había acudido por su cuenta con un corredor inmobiliario.
Había firmado una carta donde declaraba conocer las características del predio, su situación jurídica y los posibles proyectos urbanos de la zona.
El negocio nunca se concretó porque yo no autoricé la venta.
Pero aquel papel demostraba algo fundamental:
Ricardo sabía desde años atrás que existían planes de desarrollo.
Tal vez no imaginaba cuánto aumentarían el valor, pero no podía afirmar que yo lo hubiera engañado ocultándole información.
Además, en nuestro convenio de separación aparecía una cláusula todavía más clara.
Cada uno aceptaba los bienes que había elegido y renunciaba expresamente a cualquier reclamación futura sobre los bienes adjudicados al otro.
Ricardo había firmado cada página.
Mi abogado sonrió al terminar de explicármelo.
—Puede intentar demandar, Mariana. Cualquiera puede intentarlo. Otra cosa es que tenga posibilidades reales de ganar.
—¿Qué hago?
—Nada por ahora. Si presenta algo formal, respondemos.
Durante los siguientes días traté de concentrarme en mi trabajo.
No fue fácil.
Aunque ya no amaba a Ricardo, la sola idea de volver a enfrentarme con él me revolvía el estómago.
Durante casi diez años me había acostumbrado a que cuestionara mis decisiones.
Si compraba una blusa:
“¿De verdad la necesitabas?”
Si quería visitar a mis padres en San Luis Potosí:
“¿Otra vez vas a gastar en gasolina?”
Si proponía cambiar algo de la casa:
“Siempre quieres tirar el dinero.”
Curiosamente, cuando él compraba un reloj, una televisión nueva o salía con sus amigos, aquello no necesitaba explicación.
Durante mucho tiempo creí que eso era normal.
No entendía cuánto me había reducido hasta que dejé de vivir bajo su opinión.
Un viernes por la tarde estaba revisando los planos de una remodelación cuando mi asistente se acercó.
—Mariana, hay un señor que quiere verte.
No necesitaba preguntar quién.
Ricardo apareció detrás de ella.
Hacía casi siete meses que no lo veía.
Seguía usando ropa cara y el mismo perfume, pero había algo diferente en su rostro.
Parecía cansado.
—Necesitamos hablar —dijo.
—Ya hablaste con mi abogado.
—Quiero hablar contigo, no con él.
Le pedí a mi asistente que nos dejara solos.
Ricardo recorrió el estudio con la mirada.
En una pared teníamos fotografías de departamentos que habíamos remodelado. En otra, muestras de materiales y reconocimientos de algunos proveedores.
Tres empleados trabajaban detrás del cristal.
—¿Todo esto es tuyo?
—Sí.
—Creí que trabajabas desde tu casa.
—Eso fue al principio.
Se sentó frente a mí sin que lo invitara.
—¿Cuánto recibiste por el terreno?
—No es asunto tuyo.
—Claro que es asunto mío. Viví ahí diez años.
—Y después firmaste que ya no querías ninguna parte.
Apretó la mandíbula.
—No sabía lo que valía.
—Ese no es mi problema.
—Mariana, seamos razonables.
Casi me dio risa escuchar esa palabra.
—Estoy siendo razonable.
—Si hubiéramos sabido que el precio iba a subir…
—Yo sí investigué.
—Después de separarnos.
—Exactamente. Después de que tú me dejaras las llaves sobre la mesa.
Se quedó callado.
—No puedes quedarte con todo ese dinero.
—¿Por qué?
—Porque también trabajé para pagar esa casa.
—Y por eso recibiste otros bienes.
El departamento que Ricardo había elegido como parte de la separación estaba en una zona bastante buena de Querétaro.
También se había quedado con la camioneta prácticamente nueva y la mayor parte de nuestros ahorros disponibles.
Yo había aceptado la casa vieja porque quería terminar el proceso sin una guerra.
Él lo sabía.
—Tú te quedaste con lo que consideraste más valioso —continué—. Yo me quedé con lo que tú llamaste una ruina.
—No sabía que iban a construir ahí.
Abrí un cajón y saqué una copia del documento que mi abogado había encontrado.
La puse frente a él.
Ricardo leyó las primeras líneas.
Su rostro cambió.
—¿De dónde sacaste esto?
—Del archivo de la inmobiliaria con la que intentaste vender el terreno hace cuatro años.
No respondió.
—Aquí dice que conocías los proyectos urbanos previstos para la zona.
—Eso no significa que supiera que se iban a realizar.
—Tampoco yo lo sabía.
—Pero tú…
—Yo hice algo muy complicado, Ricardo.
Me miró.
—¿Qué?
—Preguntar.
Se quedó inmóvil.
—Llamé a un valuador. Consulté abogados. Revisé documentos. Hablé con compradores. Hice todas esas cosas que durante años me dijiste que yo no sabría hacer.
—Nunca dije eso.
Lo miré en silencio.
Fue suficiente.
Sabíamos que sí.
Ricardo apoyó los codos sobre las rodillas.
—Está bien. Tal vez reaccioné mal.
—¿Cuando me amenazaste?
—Estoy pasando por un momento complicado.
Ahí apareció algo que despertó mi curiosidad.
—¿Qué pasó?
Desvió la mirada.
—Tuve algunos problemas.
—¿Qué tipo de problemas?
—Fernanda y yo terminamos.
No sentí satisfacción.
Tampoco tristeza.
Solamente una especie de confirmación.
—Lo siento.
—No tienes que fingir.
—No estoy fingiendo.
Ricardo respiró profundamente.
—Las cosas no funcionaron como esperaba.
Después de dejarme, él había rentado un departamento más grande porque Fernanda decía que el que había recibido en nuestra separación era demasiado pequeño.
