PARTE 2
El valuador me explicó que durante años se había hablado de construir una plaza comercial y varios fraccionamientos cerca de nuestra colonia.
El proyecto se había detenido por permisos y cambios de administración, pero finalmente había sido aprobado.
Y nuestro terreno quedaba prácticamente junto a uno de los nuevos accesos.
—No venda con prisa —me aconsejó—. Primero consulte con un abogado.
Eso hice.
Durante las siguientes semanas revisé escrituras, avalúos y el convenio de separación. Ricardo había insistido tanto en quedarse con el departamento y la camioneta que aceptó cederme formalmente su parte de la casa y del terreno.
Según él, me estaba haciendo un favor.
Mi abogado confirmó que la propiedad ya podía quedar únicamente a mi nombre.
Entonces comenzaron las ofertas.
La primera ya era mucho mayor de lo que esperaba.
Rechacé.
La segunda subió considerablemente.
También rechacé.
La tercera vino de una desarrolladora que necesitaba varios terrenos de la zona para un proyecto.
Cuando escuché la cifra, pregunté:
—¿Está seguro de que hablamos de mi propiedad?
El hombre sonrió.
—Estamos pagando por la ubicación, señora.
Acepté.
No me hice millonaria de la noche a la mañana, pero recibí suficiente dinero para comprar un departamento, guardar un fondo de emergencia y hacer algo que Ricardo siempre había considerado una tontería.
Abrí mi propio estudio de remodelación y diseño de interiores.
Al principio fue difícil.
Pasaba horas sola frente a la computadora. Hubo semanas sin clientes y noches en las que pensé que había cometido un error.
Después llegó un pequeño proyecto.
Luego otro.
Una clienta me recomendó con su hermana. Su hermana con una amiga. En pocos meses tuve que contratar a dos personas.
Por primera vez no tenía que preguntarle a nadie si podía gastar dinero en mí.
Entonces una tarde me llamó mi amiga Alejandra.
—Ricardo estuvo preguntando por ti.
—¿Para qué?
—Alguien le contó que vendiste la casa.
Me quedé callada.
—Dice que seguramente malbarataste todo —agregó.
Me reí.
Tres días después recibí un mensaje suyo:
“Tenemos que hablar. Esa propiedad también era parte de mi vida.”
Lo eliminé.
Pero Ricardo no se conformó.
Empezó a investigar cuánto había recibido.
Y lo peor vino después.
Mi abogado me llamó una mañana.
—Mariana, necesito que vengas. Tu exmarido está diciendo que lo engañaste para que cediera la propiedad.
Sentí un escalofrío.
—¿Engañarlo? Él preparó el acuerdo.
—Lo sé. Pero parece que quiere reclamar parte del dinero.
Esa misma tarde recibí otro mensaje.
Esta vez no era una petición.
Era una amenaza.
“Si no arreglamos esto entre nosotros, lo voy a arreglar por la vía legal.”
Ricardo, el hombre que me había dicho que jamás sobreviviría sin él, ahora quería recuperar la “ruina” que había despreciado.
Pero había algo que él todavía no sabía.
Mi abogado acababa de encontrar un documento firmado por Ricardo años atrás.
Un documento que podía destruir por completo su reclamo.
Y cuando Ricardo descubriera lo que él mismo había firmado, ya no habría manera de regresar atrás.
