PARTE 3
Al principio pensé que Teresa deliraba. El monitor marcaba pulsaciones irregulares y la mascarilla de oxígeno apenas dejaba ver sus labios. Me incliné para escucharla, pero no podía hablar. Una enfermera le acercó una tablilla y un plumón. Con enorme esfuerzo escribió: “Casa vieja. Clóset azul. Sobre. Raúl”.
Diego, que había logrado entrar detrás de mí, se acercó de golpe.
—Mamá está sedada. No sabe lo que dice.
Teresa abrió los ojos y retiró la mano cuando él intentó tocarla. Fue un movimiento mínimo, pero todos lo vimos. Por primera vez, la mujer que siempre había defendido a su hijo menor parecía tenerle miedo.
Llamé a Gabriel. Él recomendó no ir sola y pidió que dos familiares acompañaran la búsqueda. La tía Lupita y el tío Nacho, avergonzados por haberme acusado, aceptaron. Diego se negó a entregar las llaves de la antigua casa de Teresa en Tlajomulco.
—Ahí no hay nada. Son papeles viejos.
—Entonces no tendrás problema en abrir —respondió Gabriel.
Cuando Diego volvió a negarse, Teresa pidió otra vez la tablilla y escribió un número. Era la combinación de una caja metálica. Debajo añadió: “Llave con Lupita”.
La tía se llevó una mano al pecho. Años antes Teresa le había dado una llave “por cualquier emergencia”.
Llegamos a la casa al anochecer. El lugar olía a humedad y alcanfor. En el clóset pintado de azul encontramos una caja escondida detrás de cobijas. Dentro había estados de cuenta, recibos notariales, una libreta con anotaciones de Teresa y un sobre dirigido a Raúl.
La carta nunca había sido entregada.
“Tu padre quiso que el dinero del terreno se dividiera entre ustedes. Diego dice que tú no lo necesitas porque Mariana trabaja. Me pide que firme todo a su nombre. Tengo miedo de que se enoje y me deje sola. Perdóname por no ser justa”.
Había también una grabación guardada en una memoria USB. En ella, Diego presionaba a Teresa para que firmara la cesión del departamento. Le decía que Raúl ya estaba muerto, que una nuera no era familia y que, si ella no cooperaba, dejaría de visitarla. Teresa preguntaba qué pasaría si Mariana reclamaba. Diego respondía riéndose:
—Mariana no tiene dinero ni para un abogado.
Lupita comenzó a llorar. Nacho apagó la grabación con el rostro rojo de vergüenza.
—Nosotros la atacamos a ella mientras ese desgraciado vaciaba la casa —murmuró.
Gabriel hizo copias y entregó la memoria a un perito. La evidencia no convertía automáticamente todo en delito, pero demostraba presión, ocultamiento y mala administración de bienes sucesorios. También confirmaba que parte del dinero no pertenecía exclusivamente a Teresa.
Cuando regresamos al hospital, Diego nos esperaba en el pasillo con su esposa, Karla. Ella llevaba un bolso que costaba más que todo lo que yo había ganado en varios meses.
—Devuelve esa caja —exigió Diego—. Son documentos privados de mi madre.
—Tu madre indicó dónde estaba y pidió que se revisara —dijo Lupita—. Yo fui testigo.
Karla cambió de tono.
—Mariana, no destruyas a la familia por dinero. Podemos arreglarnos.
Gabriel le mostró la constancia de la demanda.
—El arreglo debió ocurrir antes de intentar hipotecar un bien en disputa.
El teléfono de Diego sonó. Contestó, escuchó unos segundos y perdió el color. El banco acababa de notificarle que sus cuentas habían sido inmovilizadas provisionalmente. La administración del edificio también había recibido la orden de no permitir ningún trámite sobre el departamento.
Entonces ocurrió algo que terminó de desnudarlo.
Diego sacó una tarjeta de crédito negra y dijo que podía retirar cincuenta mil pesos para mantener a Teresa unos días. Después puso frente a mí una hoja escrita a mano.
—Yo pongo el capital. Tú firmas que pagarás los intereses. Así todos ayudamos.
Lo miré sin poder creerlo.
—¿Quieres que me endeude por los intereses de cincuenta mil pesos después de recibir casi dos millones de tu madre?
—También es tu responsabilidad.
El tío Nacho golpeó la pared con la palma.
—¡Es tu madre, sinvergüenza!
Por primera vez nadie me pidió que sacrificara algo. Toda la familia miraba a Diego como antes me había mirado a mí.
El doctor Mauricio salió de terapia intensiva y explicó que Teresa había recuperado suficiente lucidez para tomar decisiones. La cirugía seguía siendo posible, pero el riesgo aumentaba cada hora. Diego levantó la tarjeta.
—Ya vamos a pagar una parte.
—El depósito no se completa con promesas —respondió el doctor—. Y la paciente ha solicitado hablar con un notario y con trabajo social.
Teresa pidió que entráramos Gabriel, Mauricio, Lupita y yo. Un notario acudió al hospital esa misma noche. No podía deshacer con una firma todos los movimientos ya realizados, pero sí podía dejar constancia de su voluntad y revocar poderes que Diego todavía conservaba.
Con voz apenas audible, Teresa declaró que había transferido bienes por miedo a ser abandonada. Reconoció que el dinero de la sucesión incluía derechos de Raúl y que ocultó la información a propósito. También pidió que se investigaran las cuentas y que ninguna deuda de Diego se pagara con la parte correspondiente a su hijo fallecido.
Luego me buscó con la mirada.
—Mariana… perdóname.
Fueron dos palabras débiles, pero derrumbaron cinco años de silencio.
Yo podría haberle recordado cada humillación: cuando me pidió dejar la casa “para no estorbar”; cuando aceptó mi dinero mientras regalaba el suyo; cuando me llamó interesada por preguntar una sola vez por la sucesión. Sin embargo, frente a aquella mujer conectada a máquinas, ya no sentí deseos de castigarla.
