PARTE 3
El documento que puse sobre la mesa no era un recibo.
Era la escritura.
—Lean la página cuatro —dije.
Ignacio conocía perfectamente aquel documento, pero sus padres nunca habían mostrado demasiado interés por los detalles legales. Para ellos la historia era sencilla: habían ayudado con el terreno y, por lo tanto, sentían que habían levantado la casa prácticamente solos.
Arturo acomodó sus lentes.
Zenaida, que había llegado pocos minutos después porque su esposo la llamó, permanecía de pie junto a la mesa con los brazos cruzados.
—¿Y esto qué demuestra? —preguntó ella.
—Que la casa pertenece legalmente a Ignacio y a mí. A nadie más.
Zenaida soltó una risa seca.
—Eso ya lo sabemos.
—No parece.
Arturo intervino.
—Diana, nadie está diciendo que podamos quitarles la casa.
—No. Solo entran cuando quieren, organizan fiestas, invitan personas y deciden lo que tengo que cocinar porque ustedes ayudaron económicamente hace casi diez años.
Mi suegra levantó la voz.
—¡Porque lo hicimos!
—Nunca he dicho lo contrario.
—Entonces deberías ser agradecida.
Respiré profundo.
Aquella palabra había sido utilizada tantas veces en mi contra que ya conocía perfectamente su significado dentro de esa familia.
“Agradecida” significaba no poner límites.
“Agradecida” significaba servir.
“Agradecida” significaba aceptar cualquier decisión para demostrar que no había olvidado el favor recibido.
Abrí una hoja de cálculo que había impreso.
—Vamos a recordar exactamente cuánto puso cada quien.
Arturo había aportado parte del enganche del terreno. Después ayudó con cemento, varilla y albañilería durante varios meses. Zenaida también nos dio dinero para puertas y ventanas.
Era bastante.
Nunca lo negamos.
Pero después de aquella primera etapa, Ignacio y yo pedimos un crédito de construcción.
Yo vendí un pequeño departamento que había heredado de mi abuela en Ciudad de México.
Con ese dinero terminamos la planta baja.
Durante casi tres años usé más de la mitad de mi sueldo para pagar la deuda.
Ignacio consiguió un mejor empleo y destinó bonos completos a la construcción.
Cuando nacieron nuestros hijos, vivimos casi dos años sin vacaciones para terminar la segunda planta.
La terraza que todos adoraban no había sido pagada por mis suegros.
La habíamos construido nosotros.
El jardín donde Irma quería poner el brincolín tampoco.
Ni la cocina donde yo preparaba comida para veinte personas mientras ellos conversaban.
—Entre créditos, intereses, mi departamento, nuestros ahorros y las remodelaciones —continué—, Ignacio y yo hemos puesto más de tres millones doscientos mil pesos.
Arturo observó las cifras.
—Yo nunca dije que nosotros pagamos todo.
Lo miré.
—No. Pero su esposa sí dice que, sin ustedes, yo no tendría esta casa.
Zenaida se puso roja.
—Pues es verdad.
—No, mamá —dijo Ignacio.
Fue la primera vez que intervino de verdad.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo?
—No es verdad. Nos ayudaron muchísimo y siempre se los hemos agradecido. Pero nosotros también llevamos años trabajando para tener esto.
Zenaida hizo un gesto de indignación.
—Ahora resulta que somos unos abusivos.
—No dije eso —respondió él.
—No hace falta. Tu esposa ya te llenó la cabeza.
Ahí estaba.
Yo sabía que aparecería tarde o temprano.
El problema nunca podía ser el comportamiento de su familia.
El problema tenía que ser yo.
Irma llegó veinte minutos después.
Su madre seguramente le había mandado un mensaje.
Entró sin tocar.
Como siempre.
—¿Qué está pasando?
La miré y casi sonreí por la ironía.
—Precisamente eso.
—¿Qué?
—Que acabas de entrar a mi casa sin tocar mientras vienes a discutir por una fiesta que organizaste aquí sin preguntarme.
Irma se quedó inmóvil.
—Siempre entramos así.
—Exactamente.
—¿Ahora también tenemos que pedir permiso para entrar a casa de mi hermano?
—Sí —contesté.
Hubo un silencio incómodo.
Irma miró a Ignacio esperando que corrigiera mi respuesta.
No lo hizo.
—¿Hablas en serio? —preguntó.
—Completamente.
—Qué ridículo.
Entonces mencioné el grupo de WhatsApp.
Irma trató de minimizarlo.
—Todavía no estaba confirmado.
—Había cuarenta y ocho invitados.
—Eran posibilidades.
—Habías contratado mariachi.
—Se puede cancelar.
—Habías elegido dónde poner el brincolín.
—Diana, estás haciendo un drama enorme por una fiesta.
—No estoy hablando de una fiesta.
Me levanté.
—Estoy hablando de diez años en los que todos ustedes han decidido que esta casa es la extensión de la casa de sus papás.
Nadie respondió.
Así que seguí.
Recordé el primer cumpleaños de Zenaida.
Ella había llegado a las diez de la mañana con recipientes llenos de comida y me había dicho:
—Diana, ve poniendo agua para el arroz.
No preguntó si podía cocinar.
Simplemente empezó.
Después llegaron treinta personas.
Cuando todos se fueron, Ignacio estaba cansado y se acostó. Yo me quedé recogiendo vasos, platos, servilletas y comida hasta pasada la una.
Al año siguiente, Irma celebró aquí porque su departamento era pequeño.
Entonces me pareció razonable.
Hacía mucho calor y la terraza era cómoda.
Pero lo que debía ser una excepción se convirtió en tradición.
Después vinieron reuniones de Navidad.
Comidas familiares.
Un bautizo.
Un partido de futbol que Arturo quiso ver con sus amigos.
