PARTE 2
—Eres una egoísta. Siempre supe que tarde o temprano ibas a demostrar qué clase de mujer eres.
Teresa lo dijo golpeando la mesa con la palma.
Por primera vez no me quedé callada.
—¿Porque no permití que regalaras cinco kilos de algo que compré y preparé yo?
—¡Era para mi hija!
—Entonces pudiste preguntarme.
Paola soltó una carcajada.
—Ay, Daniela, tampoco hiciste un sacrificio heroico. Te pasaste cuatro horas cocinando porque quisiste.
—Exactamente. Porque quise. Y compartir también debe ser porque quiero, no porque ustedes decidan por mí.
Ricardo intentó intervenir.
—Ya, por favor…
Lo miré.
—No. Durante años tu solución ha sido pedirme que me calle para que nadie se moleste.
Él se quedó inmóvil.
Entonces ocurrió algo que jamás había sucedido.
Ricardo se volvió hacia su madre.
—Daniela tiene razón.
Teresa palideció.
—¿Qué dijiste?
—Que debí detenerlas. Era nuestra comida y ustedes ni siquiera preguntaron.
Paola tomó su bolso.
Antes de irse me miró fijamente.
—Vas a arrepentirte de hacer tanto escándalo.
Pensé que era una amenaza hecha por coraje.
Me equivoqué.
A la mañana siguiente tocaron el timbre.
Un mensajero me entregó un sobre grueso procedente de una notaría de Guadalajara.
Dentro había un proyecto de convenio patrimonial.
Leí varias páginas sin comprender hasta que encontré mi nombre.
Daniela Hernández de Ramírez.
Después apareció una frase todavía más extraña:
Cesión de derechos hereditarios relacionados con la participación societaria de Ernesto Ramírez.
Ernesto había sido mi suegro.
Había muerto tres años antes.
Llamé inmediatamente al notario.
Dos horas después estaba sentada frente al licenciado Arturo Velasco.
—Yo nunca he reclamado nada de la empresa de mi suegro —le dije.
Él acomodó sus lentes.
—Precisamente ahí está el problema, señora Daniela. Usted cree que le están pidiendo renunciar a algo que podría reclamar en el futuro.
Abrió otra carpeta.
—Pero jurídicamente no es así.
Sentí un escalofrío.
—Entonces, ¿qué estoy firmando?
El notario me miró con seriedad.
—Una cesión de algo que don Ernesto ya le dejó.
Me quedé sin palabras.
Según explicó, mi suegro había establecido en su testamento un legado relacionado con parte de sus acciones en la empresa familiar. Teresa había sido nombrada albacea y el proceso nunca había concluido porque faltaban trámites societarios.
Ahora la familia necesitaba regularizarlo.
Pero Teresa había preparado una propuesta distinta.
Si yo cedía mis derechos, ella transferiría a Ricardo y a mí una casa de descanso cerca de Chapala.
Si me negaba, esa donación no se realizaría y la propiedad quedaría destinada a Paola.
—Entonces quieren cambiarme una cosa por otra.
—Eso parece.
—¿Cuánto vale lo que mi suegro me dejó?
El notario guardó silencio unos segundos.
—No debería responder sin mostrarle antes los documentos completos.
Sacó una copia del testamento.
Vi una cláusula.
Después otra.
Y finalmente encontré mi nombre junto a un porcentaje de las acciones.
Quince por ciento.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Por qué Ernesto me dejaría esto?
El notario cerró lentamente la carpeta.
—Esa es precisamente la pregunta que debería hacerle a su familia.
Regresé a casa con los documentos.
Cuando Ricardo los leyó, se quedó blanco.
—Te juro que yo no sabía nada.
—Entonces vamos a preguntarle a tu mamá.
Cuarenta minutos después entrábamos al departamento de Teresa.
Paola ya estaba allí.
Al ver la carpeta, perdió el color del rostro.
—Mamá… —murmuró.
Teresa cerró los ojos.
Y Paola, sin darse cuenta de que estaba confesando demasiado, soltó:
—Si Daniela ya vio el porcentaje, entonces también va a descubrir para qué necesitábamos que firmara.
Ricardo se levantó de golpe.
—¿Para qué, Paola?
Nadie respondió.
Y en ese instante comprendí que los cinco kilos de carne habían sido apenas el principio.
