PARTE 1
—Mueve tus zapatos, Elena. Voy a poner mis plantas ahí porque desde hoy este también es mi departamento.
La voz de Verónica, mi suegra, retumbó desde la sala como si llevara años pagando la hipoteca.
Me quedé inmóvil en la entrada, todavía con las llaves en la mano.
Había salido aquella mañana dejando mi departamento limpio y silencioso. Ocho horas después encontré el pasillo bloqueado por maletas, cajas de plástico, bolsas enormes del mercado y un ficus gigantesco colocado encima de mis tacones.
Mauricio, mi esposo, estaba junto a su madre evitando mirarme.
—¿Qué significa todo esto?
Verónica se acomodó su conjunto color bugambilia y respondió con una tranquilidad que me encendió la sangre.
—Pues que ya llegué. En mi pueblo estoy sola y aquí tengo mejores médicos. Mauricio dijo que puedo ocupar el cuarto de visitas.
Miré a mi marido.
—¿Mauricio dijo?
Él sonrió como un niño descubierto copiando en un examen.
—Amor, no exageres. Es mi mamá. Va a quedarse una temporada. Somos familia y la familia comparte.
El problema era que aquel departamento no era “nuestro”.
Era mío.
Lo había comprado cinco años antes de conocer a Mauricio, después de ahorrar durante casi una década. Él se había mudado conmigo al casarnos y jamás había pagado un solo peso de la propiedad.
Verónica ya había quitado mis cortinas del cuarto de visitas.
Incluso había colocado fotografías suyas sobre el buró.
Abrí la puerta de entrada.
—Tienen diez minutos para sacar todo.
Mi suegra soltó una carcajada.
—¿Así tratas a la madre de tu esposo?
—Así trato a alguien que entra a mi casa sin permiso.
Mauricio comenzó a llamarme egoísta, fría, desagradecida.
Verónica se llevó una mano al pecho.
—Después de todo lo que hice criando al hombre que te mantiene…
Ahí sí me reí.
Yo ganaba casi el doble que Mauricio.
Tomé la primera maleta y la puse afuera.
Luego otra.
Cuando agarré el ficus, Mauricio entendió que no estaba negociando.
—¿De verdad vas a correr a mi mamá de noche?
—No. Tú vas a llevarla a un hotel. Y si dentro de cinco minutos siguen aquí, llamaré a seguridad.
Verónica salió murmurando que tarde o temprano yo pagaría por humillarla.
Mauricio pasó tres días sin hablarme.
Al cuarto despertó sonriente, preparó café y hasta me sirvió el desayuno.
—Mi mamá ya resolvió lo de su vivienda —anunció—. Encontró un lugar perfecto. Hoy hará una pequeña cena para celebrar.
Acepté ir únicamente por curiosidad.
Esa noche condujo durante casi cuarenta minutos por Guadalajara.
Poco a poco, el camino comenzó a resultarme demasiado familiar.
Reconocí la farmacia.
Después la panadería.
Después el parque donde jugaba de niña.
Hasta que Mauricio estacionó frente al edificio donde vivía mi abuela Carmen.
Lo vi sacar de su bolsillo una llave que yo conocía perfectamente.
Era la copia que guardaba en mi casa.
Subimos al tercer piso.
Mauricio abrió la puerta del departamento de mi abuela.
Y ahí estaba Verónica, usando la bata de Carmen, friendo chorizo en su cocina y guardando su ropa dentro del clóset.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
—¿Dónde está mi abuela?
Mauricio dejó un pastel sobre la mesa y respondió sonriendo:
—No te alteres. La mandé a descansar fuera de la ciudad. Alguien tenía que aprovechar el departamento mientras ella no está.
Entonces entendí que aquellos días de silencio no habían sido enojo.
Habían estado planeando algo.
Y todavía no sabía hasta dónde habían sido capaces de llegar.
