ntht/ La amante de mi esposo me llamó para decirme que estaba dispuesta a “compartirlo conmigo” y hasta habló como si ya tuviera un lugar asegurado en mi casa. Fingí calma y decidí terminar mi matrimonio sin darle el espectáculo que esperaba.

PARTE 3

Lorena desapareció.

Primero comenzó a responder menos mensajes.

Después canceló una salida.

Finalmente le pidió a Roberto que fuera a verla.

Se encontraron en un restaurante de San Miguel de Allende.

Roberto llegó convencido de que ella estaba preocupada por el proceso judicial.

Lorena fue directamente al asunto.

—¿Entonces la casa no está a tu nombre?

—Es más complicado.

—No parece complicado. ¿Es tuya o no?

—Durante 31 años viví ahí.

—Eso no responde.

Roberto intentó explicarle las capitulaciones, la herencia y el juicio.

Lorena escuchó en silencio.

Luego preguntó:

—¿Y tus ahorros?

—Parte se dividirá.

—¿Cuánto te quedará?

Roberto empezó a sentirse incómodo.

—¿Desde cuándo te importa tanto?

Lorena apoyó los brazos sobre la mesa.

—Desde que me dijiste que estabas listo para empezar una vida conmigo.

—Lo estoy.

—¿Dónde?

Roberto no respondió.

La expresión de Lorena cambió.

Ya no parecía la mujer apasionada que le escribía “mi amor” veinte veces al día.

—Roberto, tengo 44 años. No estoy buscando empezar desde cero con un hombre de 57 que está peleando un divorcio y probablemente termine viviendo en una renta.

Él se quedó inmóvil.

—¿Eso es todo lo que significaba para ti?

—No exageres. Te quiero. Pero también pienso en mi futuro.

Aquella frase lo golpeó porque era casi idéntica a una que él había utilizado meses antes para justificar su relación.

“También tengo derecho a pensar en mi felicidad.”

Por primera vez entendió lo diferente que sonaba cuando alguien más la pronunciaba.

Lorena terminó la relación esa misma noche.

Tres semanas después se celebró una audiencia relacionada con las reclamaciones patrimoniales.

Roberto llegó acompañado de su abogado.

Teresa llegó con Gabriel.

Daniel quiso acompañarla, pero ella se negó.

—Esto empezó entre tu padre y yo. También tiene que terminar entre nosotros.

La discusión jurídica fue mucho menos espectacular de lo que Roberto había imaginado.

No hubo gritos.

No hubo discursos.

Hubo documentos.

Transferencias.

Escrituras.

Fechas.

Firmas.

Comprobantes.

Y aquella vieja documentación que Roberto había considerado una simple formalidad.

Su intento de desconocer las condiciones patrimoniales no prosperó como esperaba.

La casa quedó protegida para Teresa conforme a la documentación presentada y los acuerdos aplicables a su situación; otros bienes y cuentas debieron resolverse por las vías correspondientes.

Roberto salió del proceso con bastante menos de lo que había imaginado cuando prometía a Lorena una nueva vida.

Lo más doloroso, sin embargo, no fue económico.

Fue descubrir que ya no tenía dónde regresar.

Intentó hablar con Teresa una tarde.

La esperó afuera de la casa.

Ella salió con una bolsa de basura porque había escuchado el timbre pero no sabía quién era.

—Teresa.

—Roberto.

Él parecía envejecido.

—Lorena y yo terminamos.

Teresa asintió.

—Lo siento.

Su tranquilidad lo desconcertó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Pensé que quizá ahora podríamos hablar.

Teresa soltó una pequeña carcajada.

—¿Ahora que tu gran historia de amor terminó?

—Cometí un error.

—No.

Roberto levantó la mirada.

—¿No?

—Un error es poner sal en lugar de azúcar. Lo tuyo fueron decisiones. Muchas. Una detrás de otra.

Él bajó la cabeza.

—Todavía te quiero.

—Eso es lo más triste, Roberto. Tal vez sea verdad.

Durante algunos segundos solo se escucharon los coches pasando por la calle.

—Podría cambiar —insistió él.

—Seguro.

—Podríamos empezar de nuevo.

Teresa negó lentamente.

—Yo ya empecé de nuevo.

Cerró el portón.

Roberto terminó mudándose temporalmente con su padre, don Ernesto, un viudo de 82 años que vivía en un departamento antiguo de la colonia Álamos, en Ciudad de México.

El anciano lo recibió con una sola condición:

—Aquí nadie viene de huésped eterno. Si vas a vivir conmigo, cooperas.

Roberto aceptó.

De repente, el hombre que durante décadas había encontrado la ropa limpia, la comida preparada y la casa organizada comenzó a lavar baños, barrer, hacer compras y cocinar.

El primer arroz se le quemó.

La segunda sopa quedó salada.

Don Ernesto probó una cucharada y declaró:

—Tu esposa tuvo demasiada paciencia contigo.

—Exesposa.

—Peor para ti.

Roberto no respondió.

Mientras tanto, Teresa parecía rejuvenecer.

No de manera espectacular.

No cambió de peinado ni empezó una vida de fiestas.

Simplemente volvió a hacer pequeñas cosas que había olvidado.

Fue a desayunar con antiguas amigas.

Se inscribió a clases de pintura.

Llenó el jardín de bugambilias.

Se compró unos zapatos rojos que Roberto siempre había considerado “demasiado llamativos”.

Y comenzó a preparar la boda de Daniel y Mariana.

Una tarde, mientras organizaban centros de mesa, Teresa sorprendió a la pareja.

—Quiero proponerles algo.

Daniel levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—Ustedes están buscando una casa porque quieren tener hijos algún día. Yo no necesito cuatro recámaras para mí sola.