PARTE 1
—No voy a dejarte, Teresa. Solo quiero que Lorena venga a vivir con nosotros. Las amo a las dos.
Cuando Daniel escuchó lo que su madre acababa de contarle, dejó la taza de café sobre la mesa con tanta fuerza que el plato tintineó.
Había llegado aquella tarde a la casa familiar, en las afueras de Querétaro, dispuesto a anunciar que por fin él y Mariana habían fijado fecha para su boda. Esperaba encontrar a sus padres discutiendo sobre el menú, los invitados y si habría mariachi.
En cambio, encontró tres maletas junto a la puerta.
—¿Quién se va de viaje? —preguntó.
Teresa, su madre, siguió cortando un pedazo de pastel de elote como si estuviera hablando del clima.
—Tu papá.
Daniel pensó que habían discutido. Después de 31 años de matrimonio, Roberto y Teresa parecían una de esas parejas que ya podían terminar las frases del otro.
Pero la explicación fue mucho peor.
Roberto había vuelto de uno de sus frecuentes viajes de trabajo, se había sentado frente a su esposa y, con una tranquilidad insultante, le confesó que desde hacía meses tenía una relación con una mujer llamada Lorena.
Hasta ahí, Teresa había sentido dolor.
Lo verdaderamente absurdo llegó después.
—Me dijo que no quería perderme —explicó ella—. Que yo era “su hogar”, pero Lorena era “su nueva ilusión”. Y luego propuso traerla a esta casa.
Daniel abrió los ojos.
—¿Aquí? ¿A vivir contigo?
—Según él, somos adultos modernos y podríamos organizarnos.
Teresa soltó una carcajada seca.
—Le pregunté si también quería que le planchara las camisas a la señora.
Roberto intentó defender su idea hablando de libertad, sinceridad y nuevas formas de amar.
Teresa señaló la puerta.
—Pues ejerce tu libertad afuera de mi casa.
Roberto se enfureció. Dijo que la propiedad también era suya y que Teresa no podía echarlo después de tantos años.
Ella no discutió.
Simplemente le acercó las maletas.
Roberto terminó saliendo convencido de que su esposa se calmaría.
Pero cometió un error.
Dejó olvidado un segundo teléfono en la recámara.
Minutos después, la pantalla empezó a iluminarse.
“¿Ya te dijo que sí?”
“Dime que pronto estaré viviendo ahí.”
Y finalmente apareció un mensaje que hizo desaparecer la sonrisa de Teresa:
“Cuando me instale en la casa, podremos empezar con lo que hablamos sobre ponerla a la venta.”
Teresa levantó la mirada hacia su hijo.
—Daniel… creo que tu padre y esa mujer no solo querían compartir mi casa.
Querían quedarse con ella.
Y Daniel todavía no podía imaginar lo que encontrarían en aquel teléfono.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
