PARTE 3
—Correcto.
—¿Y te parece normal?
—Me parece curioso que mi trabajo valiera tan poco mientras lo hacía todos los días y ahora resulte indispensable cuando ya no estoy.
Colgó.
Pensé que rechazaría la propuesta.
Dos horas después volvió a llamar.
—Mañana. Nueve de la mañana. Terminal aduanera.
—Lleve el contrato.
Antes de aquella reunión ocurrió algo que terminó de borrar cualquier duda que me quedaba.
El preescolar llamó.
Mateo tenía fiebre otra vez.
Cuando llegué, vi una camioneta negra estacionada cerca de la entrada.
Ricardo bajó de ella.
No entendí qué hacía ahí.
Yo caminaba hacia mi hijo cuando él me interceptó con una carpeta bajo el brazo.
—Ya estuvo bueno de tus juegos.
—No estoy jugando.
—Cada día que pasa perdemos dinero.
—Entonces no debió despediciar durante años a la persona que evitaba esos problemas.
—Tú renunciaste.
—Porque ustedes llevaban meses empujándome a hacerlo.
Se quedó inmóvil.
Su expresión me confirmó que Daniel había dicho la verdad.
—¿Ya te contó?
—Sí.
Ricardo apretó la mandíbula.
—Era lo mejor. Una mujer casada no necesita estar viviendo para una empresa.
Casi me reí.
—Qué curioso. Cuando necesitaban resolver un embarque a medianoche sí les parecía muy útil que una mujer casada viviera para la empresa.
Mateo salió acompañado por su maestra.
Estaba cansado, pero tranquilo.
Ricardo miró hacia él y entonces dijo la frase que jamás le perdonaría.
—Cuando Mateo necesitó aquella operación hace dos años, ¿quién puso una parte del dinero? Porque si algún día vuelve a necesitar ayuda, no sé si vas a poder darte el lujo de tratar así a la familia.
Durante unos segundos no sentí enojo.
Sentí frío.
Me acerqué apenas un paso.
—¿Me acaba de amenazar usando la salud de su nieto?
—No amenacé a nadie.
—Recuerde perfectamente lo que acaba de decir.
Tomé la mano de Mateo.
—Vámonos, mi amor.
Esa noche confirmé mi decisión.
No iba a volver a aquella empresa como nuera.
Iba a regresar como profesionista.
Y también iba a salir de aquel matrimonio.
La reunión se realizó al día siguiente.
Ricardo llegó primero.
Daniel apareció unos minutos después.
Yo llevaba una carpeta con el contrato, mis honorarios y la documentación técnica que había reconstruido por mi cuenta a partir de copias legales que conservaba de mis propios análisis y de información pública del fabricante.
Ricardo extendió la mano hacia la carpeta.
—Dámela.
La retiré.
—Primero el contrato.
—No tenemos tiempo para esto.
—Precisamente por eso tiene prisa usted, no yo.
Abrió el documento y vio la cantidad.
