PARTE 1
—Cuando terminemos de firmar, Mariana puede llorar todo lo que quiera. La casa ya será nuestra.
Escuchar la voz de su propia hermana decir aquello fue lo que terminó de despertar a Mariana Salgado.
Había llegado a Toluca agotada después de casi 4 horas de carretera desde Ciudad de México. Su jefe la había enviado de urgencia para resolver un supuesto problema con una empresa de arrendamiento. Según él, solo Mariana podía destrabar la negociación.
En el hotel le entregaron la llave de la habitación 509. El elevador se detuvo bruscamente y, medio dormida, Mariana bajó sin darse cuenta de que estaba en el cuarto piso. Caminó hasta la puerta que terminaba en 09, la empujó y descubrió que estaba abierta.
Pensó que recepción se había equivocado.
Hasta que vio una chamarra azul sobre una silla.
Era de Andrés, su esposo.
Mariana la había comprado para su aniversario y hasta había mandado bordar sus iniciales por dentro.
El hombre que esa mañana se había quedado en casa diciendo que tenía influenza estaba ahí.
Entonces escuchó risas en el baño.
Sin saber qué hacer, Mariana se escondió detrás de una cortina.
Segundos después aparecieron Andrés y Valeria, su hermana menor, vestidos con batas del hotel. Él la abrazaba por la cintura. Ella le besó el cuello.
Mariana sintió que el aire desaparecía.
Valeria era 11 años menor. Mariana la había cuidado desde niña, le había pagado cursos, ropa, viajes y hasta parte de la universidad.
Andrés abrió una botella de champaña.
—Brindemos por nosotros… y por la casa de tu abuela —dijo.
Valeria sonrió.
—¿De verdad Mariana no sospecha nada?
—Nada. Su jefe es amigo mío desde la universidad. Él inventó toda esta negociación para mandarla fuera. El gerente con quien supuestamente debía reunirse ni siquiera está en México.
Mariana se llevó una mano a la boca.
Su abuela Mercedes había muerto 5 meses antes y le había dejado una antigua casa en Coyoacán.
Valeria llevaba semanas insistiendo en que se la regalara.
Mariana siempre se había negado.
Entonces Andrés soltó la frase que le heló la sangre:
—El poder quedó perfecto. Copiamos su firma, usamos la copia de su INE y nuestro notario ya preparó la escritura de donación. Mañana se presenta en el Registro Público.
Valeria levantó su copa.
—Y después tú pides el divorcio.
Andrés rio.
—Para cuando Mariana entienda lo que pasó, ya no tendrá casa, esposo ni forma de demostrar nada.
Desde detrás de la cortina, Mariana escuchó a su propia hermana responder:
—Siempre ha sido demasiado confiada.
Y lo que ocurrió después fue todavía peor.
No podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir sobre su propia familia…
