PARTE 2
Tres días después, Ricardo esperó a Emiliano afuera de la preparatoria.
Estacionó su camioneta frente a la entrada, justo donde podían verla sus compañeros.
—Súbete. Vamos a hablar como hombres.
Emiliano aceptó únicamente para evitar un espectáculo.
Ricardo fue directo al asunto.
—Ya estuvo bueno de jugar al héroe. Tu mamá gana una miseria. ¿De verdad quieres vivir contando monedas? Regresa conmigo y te compro la computadora que quieras. Cuando cumplas dieciocho te doy un coche. Y yo pago la universidad privada que elijas.
Emiliano lo observó varios segundos.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer?
—¿De qué hablas?
—Comprar cosas para que la gente haga lo que tú quieres.
Ricardo apretó la mandíbula.
—Estoy asegurando tu futuro.
—No. Estás intentando comprarme porque te molestó que eligiera a mamá.
Emiliano bajó de la camioneta.
Antes de cerrar la puerta agregó:
—Puedes tener mucho dinero, papá. Eso no significa que seas dueño de nosotros.
Aquella frase terminó de herir el orgullo de Ricardo.
Al día siguiente, Mariana fue llamada a la oficina del director de la empresa donde trabajaba.
El hombre evitaba mirarla.
—Van a eliminar tu puesto.
—¿Por qué?
—Recorte de personal.
Mariana llevaba cuatro años ahí y dos semanas antes le habían prometido aumentarle horas.
No necesitó preguntar demasiado.
El director era amigo de Ricardo.
Aun así, recogió sus cosas sin discutir.
Dos días más tarde llegó el segundo golpe.
El dueño del departamento apareció por la noche.
—Necesito que desocupen en tres días. Voy a vender.
Mariana sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Sin empleo y con apenas algunos ahorros, conseguir otra renta rápidamente parecía imposible.
Esa noche buscó departamentos hasta pasada la medianoche.
Nadie quería rentarle sin comprobantes recientes de ingresos.
Emiliano estaba ayudándola a cerrar unas cajas cuando el teléfono de Mariana vibró.
Era un mensaje del casero.
Lo había borrado casi de inmediato, pero la notificación seguía visible.
“Señora Mariana, perdóneme. No puedo seguir con esto. Su esposo me pagó treinta mil pesos para sacarlos antes de que terminara el mes. Me pidió que dijera que iba a vender. Le devolveré todo su depósito.”
Mariana leyó el mensaje tres veces.
Ya no había sospechas.
Ricardo no solo había tenido una amante.
Estaba utilizando su dinero para dejar sin trabajo y sin techo a la madre de su propio hijo.
Emiliano tomó una captura de pantalla.
—Guárdala.
—¿Para qué?
—Porque algún día él va a decir que nunca hizo nada.
Mariana se cubrió el rostro.
Por primera vez desde que abandonó aquella casa sintió miedo.
—Tal vez deberías volver con tu papá mientras yo arreglo esto.
Emiliano negó con firmeza.
—Eso es exactamente lo que quiere.
Después sacó su celular.
—Ya encontré dónde podemos ir.
Los padres de uno de sus mejores amigos tenían una pequeña casa desocupada en las afueras, utilizada solamente algunos fines de semana. Había electricidad, agua, dos habitaciones y un patio.
No les cobrarían renta durante algunos meses.
Mariana comenzó a llorar.
Emiliano la abrazó.
—Nos puede quitar comodidad, mamá. Pero no va a conseguir que regresemos rogando.
Al amanecer empezaron a cargar las cajas.
Ninguno de los dos sabía todavía que aquella casa sencilla terminaría convirtiéndose en el lugar donde la vida de ambos cambiaría por completo.
