ntht/ Después de años pagando las reparaciones, medicinas y caprichos de mi suegra, ella decidió agradecerme intentando sacarme de casa para que su hijo volviera con una antigua pareja.Cuando ella gritó que jamás me debía un peso, abrí los mensajes donde había escrito una y otra vez: “Anótalo, después te lo regreso”… junto a transferencias por cientos de miles de pesos.

PARTE 2

El sábado llegaron quince personas a casa.

Mis padres, dos primas, compañeros de trabajo, Mariana con su esposo y algunos familiares de Mauricio.

Él estaba extraño.

No dejaba de mirar la puerta.

A las seis de la tarde sonó el timbre.

Doña Teresa apareció vestida como para una boda, pero sin flores, sin regalo y sin una sola sonrisa para mí.

Caminó hasta el centro de la sala.

—Antes de que sigan festejando, tengo algo que decir.

Todos guardaron silencio.

Mauricio bajó la mirada.

Yo sentí algo frío en el estómago.

Entonces mi suegra me señaló delante de todos.

—Mi regalo para ti es darte tiempo para empacar. Mauricio se va a divorciar y necesita su departamento. Lo mejor será que te vayas hoy.

Mariana casi dejó caer su vaso.

Mi padre se levantó de la silla.

—¿Cómo dice?

—Como escuchó —respondió Teresa—. El departamento está a nombre de mi hijo. Laura ha vivido aquí bastante tiempo. Ahora él quiere empezar una nueva vida.

Miré a Mauricio.

—¿Eso quieres?

No respondió.

Y su silencio respondió por él.

Respiré profundamente.

—Está bien. Si quieres divorciarte, no voy a detenerte.

La sonrisa de mi suegra fue inmediata.

Creyó que había ganado.

—Eso es lo más sensato.

—Pero hay un pequeño problema.

Saqué de una carpeta nuestra acta matrimonial, documentos hipotecarios y comprobantes del enganche.

—Estamos casados bajo sociedad conyugal. El departamento se adquirió durante el matrimonio y tengo documentadas mis aportaciones. Que la escritura aparezca a nombre de Mauricio no significa que usted pueda venir a sacarme hoy.

La sonrisa desapareció.

Mauricio levantó finalmente la cabeza.

—Mamá… te dije que no era tan sencillo.

Doña Teresa se puso roja.

—Pues que lo decida un juez.

—Perfecto —respondí—. Y ya que tendremos abogados, podemos resolver también lo que usted me debe.

—¿Deberte? ¡Yo nunca te he pedido prestado!

Desbloqueé mi teléfono.

Tres años de transferencias aparecieron frente a ella.

Todas marcadas como préstamos.

Luego abrí nuestras conversaciones.

“Te lo regreso en cuanto pueda.”

“Anótalo a mi cuenta.”

“Después vemos cómo te pago.”

Mi suegra dejó de respirar por un instante.

—La suma, hasta ayer, es de un millón ciento ochenta mil pesos.

Mauricio palideció.

Pero aquello todavía no era lo peor.

Abrí otra conversación que había recibido esa misma mañana.

Era un mensaje de Claudia.

Y cuando leí en voz alta la primera frase, Mauricio comprendió que su madre no era la única persona que había estado haciendo planes a mis espaldas.

Lo que seguía iba a destruir por completo su supuesta “nueva vida”.