PARTE 2
A la mañana siguiente, Martín entró furioso al departamento de la colonia Del Valle. Llevaba la camisa arrugada, los ojos rojos y la corbata torcida.
—¿Qué clase de esposa abandona a su suegra enferma y deja una deuda en el hospital?
Valeria siguió desayunando.
—¿La deuda se pagó con tu cuenta?
Martín se quedó inmóvil.
—No cambies el tema.
—En tu tarjeta quedaban menos de $2,000. Si tu mamá dice que yo derrocho el dinero de su hijo, entonces ustedes deben aprender a vivir con el dinero de su hijo.
Martín golpeó la mesa con la palma.
—¡Fueron unas palabras sin importancia!
—Entonces lo que yo hacía también era sin importancia.
Desde ese día, Valeria dejó de sostener en silencio a la familia Salgado. Ya no compró los suplementos caros de doña Elvira, no preparó caldo cada domingo, no reservó restaurante para su cumpleaños ni organizó la cena de Navidad. Cuando Martín preguntaba qué debía comprar o cocinar, ella respondía:
—Es tu mamá. Tú la conoces mejor.
En pocas semanas, él comenzó a llegar tarde al trabajo. Descubrió que conseguir recetas, acompañar a consultas, limpiar la casa de su madre y resolver sus caprichos consumía horas y dinero. Doña Elvira, en lugar de agradecerle, lo comparaba con Valeria.
El conflicto explotó durante el aniversario de un tío, en un restaurante de carnes de la colonia Roma. Delante de 30 familiares, doña Elvira volvió a presumir:
—Mi Martín carga con todo. Hasta pagó mi hospital. Valeria solo va a su oficinita y se olvida de la familia.
Entonces Fernanda, esposa de un primo, dejó el tenedor sobre el plato.
—Tía, eso no fue lo que Martín le escribió a mi esposo cuando le pidió dinero prestado. Dijo que Valeria había pagado el depósito y que él no podía cubrir el resto.
El salón quedó en silencio.
Martín palideció. Doña Elvira negó todo, pero Fernanda mostró la conversación en su teléfono. Valeria no discutió. Terminó de comer y pidió la cuenta de lo que ella había consumido.
3 días después, Martín recibió una llamada de la aseguradora: Valeria lo había retirado como beneficiario de su seguro de vida.
Esa noche la encontró sentada en la sala, junto a una carpeta gruesa.
—¿Hasta cuándo vas a castigarme? —preguntó.
—No es un castigo. Quiero el divorcio.
La primera reacción de Martín no fue pedir perdón.
—¿También quieres quitarme el departamento?
Valeria lo miró durante varios segundos.
—Mañana recibirás una propuesta de separación. Busca un abogado.
A la mañana siguiente, doña Elvira irrumpió en la casa gritando que Valeria era una interesada. Valeria sacó un estado de cuenta, lo deslizó sobre la mesa y dijo:
—Siéntese. Hoy va a saber quién mantuvo realmente a esta familia.
Y lo que apareció en aquellos documentos dejó a todos sin palabras.
PARTE 3
Doña Elvira no se sentó. Permaneció de pie, con el bolso colgando del brazo y el rostro encendido de rabia.
—A mí no me das órdenes en la casa de mi hijo.
Valeria señaló con calma la escritura del departamento.
—Esta vivienda se compró durante el matrimonio. El enganche salió en un 45% de mi cuenta y, durante 5 años, la mayoría de las mensualidades se pagaron con mi salario. Que esté escriturada a nombre de Martín no significa que sea únicamente de él.
La seguridad con la que habló descolocó a su suegra. Doña Elvira tomó el estado de cuenta y leyó la primera cifra.
Hospital San Gabriel: depósito, $68,000.
Después aparecía el pago de estudios, medicamentos, honorarios y una cirugía complementaria. Total: $142,500 pagados por Valeria. La cantidad que doña Elvira había cubierto al final correspondía únicamente al saldo cancelado de $74,500.
—Eso no prueba nada —murmuró.
Valeria sacó más documentos.
Había pagos de fisioterapia, consultas privadas, vitaminas importadas, despensas, regalos de cumpleaños, reparaciones en la casa de doña Elvira y transferencias mensuales que Martín siempre presentaba como ayuda propia. En realidad, más del 60% había salido de la cuenta de Valeria.
—Durante años usted dijo que su hijo me mantenía —explicó—. Aquí está la realidad. Mi sueldo pagó la hipoteca, el seguro del coche, buena parte de los gastos de esta casa y muchas de sus necesidades. Martín aportaba, sí, pero no lo que ustedes presumían.
Doña Elvira apretó los labios.
—Una esposa debe ayudar a su marido.
—Ayudar no significa desaparecer para que él parezca más generoso de lo que es.
En ese momento Martín salió de la recámara. Había escuchado parte de la conversación, pero no se atrevía a mirar a ninguna de las dos.
—Mamá, vámonos —dijo.
—¡No! Esta mujer quiere despojarte.
Valeria abrió otra carpeta.
—No quiero despojar a nadie. Quiero recuperar lo que me corresponde y salir de una familia donde mi trabajo solo era visible cuando dejaba de hacerlo.
Doña Elvira agarró uno de los estados de cuenta y lo arrugó.
—¡Eres una malagradecida!
Valeria ni siquiera elevó la voz.
