ntht/ Descubrí en la computadora de mi esposo una búsqueda que decía: “Cómo sacar a mi esposa de su propio departamento sin su permiso”, justo después de que él hubiera llevado a casa las pertenencias de su ex. Me quedé helada, pero no dije una palabra y decidí esperar hasta que mostrara sus verdaderas intenciones. Esa misma tarde entró con ella del brazo y ordenó que yo me fuera… hasta que su madre se levantó lentamente de la mesa y preguntó quién le había autorizado a regalar una propiedad que ni siquiera era suya.

PARTE 3

Teresa leyó durante casi un minuto.

Un minuto completo.

Nadie se movió.

Andrés tenía la cara blanca.

Verónica estaba junto a la puerta, abrazándose a sí misma, como si buscara la manera de desaparecer.

Finalmente Teresa levantó la vista.

—¿Desde cuándo?

—Mamá…

—Te pregunté desde cuándo.

Andrés cerró los ojos.

—Tres meses.

Verónica soltó una risa nerviosa.

—No fueron tres.

Mariana la miró.

—¿Cuánto?

—Casi siete.

El silencio cayó como una piedra.

Siete meses.

Durante siete meses, Andrés había vuelto a verse con su exesposa mientras seguía durmiendo junto a Mariana, comiendo lo que ella compraba, usando el departamento que ella ayudaba a pagar y hablando de futuros planes de pareja como si nada estuviera pasando.

—¿Por qué? —preguntó Mariana.

Su voz sorprendió incluso a ella misma.

No estaba llorando.

Solo quería entender hasta dónde llegaba la mentira.

Andrés dio un paso.

—Las cosas entre nosotros estaban frías.

Mariana soltó una carcajada breve.

—¿Frías?

—Siempre estás trabajando.

—Yo trabajo porque tú llevas dos años diciendo que “estás levantando tu negocio”.

—No metas eso.

—¿Entonces qué metemos? ¿A tu ex? Porque esa sí la metiste hasta el pasillo con tres maletas.

Teresa tuvo que contener una sonrisa.

Andrés bajó la mirada.

Mariana continuó:

—¿Recuerdas enero? Dijiste que necesitabas cincuenta mil pesos para comprar equipo.

Andrés no respondió.

—Te los presté.

Verónica giró hacia él.

—¿Cincuenta?

Aquella reacción llamó la atención de todos.

—Sí —dijo Mariana—. Cincuenta mil.

Verónica soltó lentamente:

—A mí me dijo que eran ahorros suyos.

Mariana comprendió.

—¿Para qué los usó?

Verónica miró a Andrés.

—Para pagar el depósito del departamento donde yo estaba viviendo.

Teresa cerró los ojos.

—Dios mío.

Pero aquello apenas comenzaba.

Mariana pidió el teléfono.

Teresa se lo entregó.

Ahora sí Andrés intentó impedirlo.

—Eso es privado.

—¿Privado? —respondió Mariana—. Estás planeando sacarme de mi casa usando el nombre de tu madre mientras financias a tu amante con mi dinero. Creo que la privacidad dejó de ser el problema principal.

En la conversación había cientos de mensajes.

No los leyó todos.

No necesitaba hacerlo.

Bastaron algunos.

Andrés había prometido a Verónica que Mariana “terminaría cansándose y se iría”.

Había asegurado que Teresa ya estaba grande y tarde o temprano le dejaría su parte.

Incluso había escrito:

“Cuando estemos viviendo ahí será más fácil hacer presión.”

Pero el mensaje que heló a Teresa era otro.

Andrés hablaba de preparar documentos para “simplificar” ciertos asuntos futuros.

No existía todavía ninguna escritura falsa ni poder firmado. Todo estaba apenas en conversaciones y búsquedas torpes.

Pero la intención era suficiente.

—Así que ya repartiste mis cosas mientras sigo viva —dijo Teresa.

—No era así.

—¿Entonces cómo era?

—Solo estaba pensando.

—Ese ha sido siempre tu problema, Andrés. Cada vez que piensas, alguien termina pagando la cuenta.

Verónica, al darse cuenta de que el plan había muerto, decidió salvarse sola.

—Yo no sabía todo.

Andrés la miró incrédulo.

—¿Qué?

—Tú me dijiste que el departamento prácticamente era tuyo.