PARTE 1
—A partir de hoy Verónica va a vivir aquí. Si no te gusta, tú eres la que se puede ir. Al fin y al cabo, la mitad del departamento es de mi mamá.
Cuando Andrés pronunció esas palabras, Mariana no gritó, no aventó nada y ni siquiera se levantó de la silla.
Solo dejó lentamente su taza de café sobre la mesa y lo miró.
Detrás de él estaba Verónica, su exesposa, con una sonrisa tan segura que parecía haber llegado a recoger unas llaves que ya le pertenecían.
Pero aquella historia había comenzado veinticuatro horas antes.
El viernes por la noche, Andrés apareció en el departamento de la colonia Del Valle, en Ciudad de México, arrastrando tres enormes maletas color morado.
—¿Y todo eso? —preguntó Mariana.
Andrés evitó mirarla.
—Son de Verónica. Está remodelando donde vive y me pidió guardarlas unos días.
Mariana sintió que algo le apretaba el estómago.
Verónica no era una ex cualquiera.
Cinco años atrás había terminado su matrimonio con Andrés en medio de un escándalo familiar. Teresa, la madre de él, todavía se ponía rígida cuando escuchaba su nombre.
—¿Y desde cuándo nuestra casa es bodega de tu ex? —preguntó Mariana.
—No armes drama. El lunes se las lleva.
Mariana no discutió.
Conocía demasiado bien a su marido. Cada vez que mentía movía la mandíbula como si estuviera masticando algo invisible.
A la mañana siguiente, Andrés se bañó, se perfumó como para una boda y se puso una camisa que solo usaba cuando quería impresionar a alguien.
—Me hablaron de la oficina —dijo—. Tengo que revisar unos pendientes.
Era sábado.
Mariana tampoco preguntó.
Después de que él salió, entró a la recámara y vio su laptop abierta sobre el buró.
Nunca revisaba sus cosas.
Pero aquella vez una frase ocupaba toda la pantalla:
“Cómo sacar a mi esposa de un departamento donde ella también aparece como propietaria.”
Mariana sintió un frío seco recorrerle la espalda.
Abrió el historial.
“¿Puede un copropietario cambiar las cerraduras?”
“¿Puedo meter a otra persona si mi mamá posee la mitad?”
“¿Qué pasa si mi esposa se niega a irse?”
Y después:
“Cómo recuperar a mi ex sin perder el departamento.”
Mariana cerró la computadora.
Entonces todo encajó.
Las maletas.
El perfume.
Las mentiras.
Verónica.
El departamento tenía una historia particular: años antes, Mariana había puesto prácticamente todos sus ahorros para comprar la mitad. Teresa había pagado la otra mitad y había exigido que ambas aparecieran en la escritura.
Andrés no era dueño de un solo metro cuadrado.
Y, aparentemente, había olvidado ese pequeño detalle.
Mariana tomó su teléfono y marcó.
—¿Bueno? —contestó Teresa.
—Necesito contarle algo sobre su hijo.
Cinco minutos después hubo un silencio larguísimo al otro lado de la línea.
—¿Dijiste Verónica?
—Sus tres maletas están en mi pasillo.
Teresa respiró hondo.
—No le digas nada a Andrés. A las cinco llego.
A las seis y media, las dos mujeres estaban tomando café tranquilamente cuando escucharon una llave girando en la puerta.
Andrés entró.
Verónica apareció detrás de él.
—Espero que ya haya entendido que tiene que irse —dijo ella desde el pasillo.
Entonces Andrés caminó hasta el comedor, miró a Mariana y soltó aquella frase:
—Verónica va a vivir aquí. Si no te gusta, vete. La mitad del departamento es de mi mamá.
Mariana sonrió por primera vez.
Porque Andrés todavía no había visto quién estaba sentado de espaldas a él.
Y lo que estaba a punto de ocurrir era mucho peor de lo que cualquiera de los dos imaginaba…
