PARTE 1
—A partir de hoy, en esta casa no quiero discusiones. Yo decido y tú simplemente dices que sí.
Diego soltó aquella frase mientras se aflojaba la corbata y se sentaba frente al salmón que yo había preparado para cenar, como si acabara de regresar de negociar un tratado internacional y no de pasar ocho horas en una oficina de Santa Fe.
Una semana antes lo habían nombrado subgerente interino de su departamento.
Interino.
Pero para él había sido suficiente para transformarse.
Dejó de caminar por nuestro departamento de la Ciudad de México y empezó a desfilar. Contestaba llamadas diciendo “lo reviso con mi equipo”, aunque su “equipo” fueran tres compañeros que llevaban años trabajando con él. Incluso comenzó a usar saco para bajar por tortillas.
Yo, Paola Hernández, llevaba casi diez años trabajando como analista financiera para una empresa internacional. El departamento donde vivíamos estaba a mi nombre y mi sueldo seguía siendo bastante mayor que el suyo.
Aun así, Diego me miró muy serio.
—Todo el día tengo que tomar decisiones importantes. Cuando llego a casa necesito paz. No quiero que cuestiones lo que digo.
—¿Quieres una esposa o un eco?
Frunció el ceño.
—Quiero que respetes mi autoridad. El hombre marca el rumbo de la familia. La mujer debe apoyarlo, no estar corrigiéndolo todo.
Lo miré durante unos segundos.
Hasta esa noche yo había sido quien le avisaba cuando olvidaba pagar algo, quien revisaba sus presentaciones, quien le decía que una idea podía causarle problemas antes de que la expusiera frente a sus jefes.
Pero Diego ya no quería consejos.
Quería obediencia.
Así que sonreí.
—Está bien, amor. Desde hoy no voy a discutir contigo.
Su rostro se iluminó.
—¿Ves? No era tan difícil.
No sabía que acababa de concederme exactamente lo que necesitaba.
Porque yo no tenía intención de pelear.
Tenía intención de estar de acuerdo con absolutamente todo.
La primera oportunidad llegó ese sábado.
Diego tenía una convivencia empresarial en Valle de Bravo y apareció frente a mí usando unos pantalones color mostaza que había comprado sin preguntarme.
Le quedaban ajustadísimos de las piernas, flojos de la cintura y formaban unas arrugas extrañas alrededor de la cadera.
Antes habría buscado una manera amable de advertírselo.
Pero ya no.
—¿Cómo me veo? —preguntó, girándose frente al espejo.
Cerré mi libro y lo observé.
—Imponente. Ese pantalón grita liderazgo.
Sonrió satisfecho.
—Sabía que sí tenía buen gusto.
Se fue orgulloso.
Regresó ocho horas después usando unos jeans que no eran suyos y sosteniendo el pantalón mostaza roto de lado a lado.
—¡Se me reventó durante una dinámica frente a toda la oficina! —gritó—. ¡¿Por qué no me dijiste que me quedaba horrible?!
Lo miré con inocencia.
—Porque tú dijiste que ya no debía contradecirte.
Diego se quedó inmóvil.
Y entonces entendí que aquel pantalón roto no iba a ser ni de lejos su peor humillación.
Porque dos días después llegó su madre… y entre los dos decidieron cuál debía ser mi lugar dentro de mi propia casa.
