PARTE 2
Teresa, mi suegra, llegó el lunes por la tarde sin avisar.
Entró inspeccionando el departamento como si fuera una supervisora sanitaria.
—Estas cortinas están muy serias —dijo—. Y mira ese polvo arriba del librero. Una mujer que atiende bien a su marido no deja que la casa parezca oficina.
Diego, todavía resentido por lo ocurrido en Valle de Bravo, aprovechó inmediatamente.
—Mamá tiene razón. Paola trabaja demasiado.
Teresa asintió.
—Ahora que mi hijo ya tiene un puesto importante, tú podrías bajar el ritmo.
Casi me reí.
El aumento temporal de Diego apenas alcanzaba para pagar gasolina, comidas y algunos caprichos que había comenzado a darse desde su ascenso.
—¿Qué propones? —pregunté.
—Quizá trabajar medio tiempo —contestó él—. Tendrías más oportunidad de encargarte de la casa.
Teresa sonrió satisfecha.
Esperaban resistencia.
Pero yo había prometido no discutir.
—Tienen razón.
Ambos se miraron sorprendidos.
—¿De verdad? —preguntó Diego.
—Por supuesto. La casa necesita atención. Así que mañana voy a cancelar el servicio de limpieza.
La sonrisa de Teresa desapareció.
Una señora venía dos veces por semana desde hacía tres años. Gracias a ella nunca discutíamos por baños, pisos, polvo o ropa.
—¿Cancelar qué? —preguntó Diego.
—El servicio. Si una buena esposa debe ocuparse personalmente del hogar, sería absurdo pagarle a alguien más.
—Pero tú trabajas todo el día…
—Exactamente. Así que limpiaré cuando tenga tiempo.
Los siguientes quince días fueron una lección intensiva de realidad doméstica.
Yo llegaba de trabajar, preparaba algo sencillo y después me sentaba a leer.
No recogía las tazas que Diego dejaba en la sala.
No doblaba sus camisas.
No organizaba sus papeles.
No le recordaba cuándo debía comprar detergente.
Cuando se quedó sin camisas planchadas, apareció frente a mí desesperado.
—¡Paola, mañana tengo una junta!
—Lo sé.
—¿Y qué me pongo?
—Lo que tú decidas, jefe.
Terminó intentando planchar una camisa, se quemó un dedo y dejó una marca enorme en una manga.
Pero en lugar de aprender, se volvió más autoritario.
Entonces anunció algo que cambiaría todo.
—El viernes viene a cenar Mauricio Salgado.
Mauricio era el verdadero gerente del departamento, el hombre cuyo puesto Diego estaba cubriendo temporalmente.
También vendrían dos directores.
—Esta cena puede asegurarme el ascenso definitivo —explicó Diego—. Necesito que la casa se vea tradicional. Nada de tus platillos raros. Quiero carne, papas, algo mexicano. Y tú ponte algo femenino.
Hizo una pausa.
—Ah, y otra cosa.
—¿Qué?
—No hables de trabajo.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Mauricio sabe que trabajas en finanzas. Seguramente intentará preguntarte cosas. Pero esta cena es sobre mí.
—Entiendo.
—Quiero que sirvas, sonrías y dejes que los hombres hablemos de negocios.
Mi esposo acababa de pedirme que fingiera ser una mujer incapaz de entender una conversación profesional para que él pareciera más inteligente.
Y yo acepté.
El viernes preparé exactamente la esposa que Diego había pedido.
Saqué un vestido floreado que Teresa me había regalado años atrás. Cociné carne, papas, arroz y puse la mesa sin ninguno de los detalles modernos que normalmente cuidaba.
Cuando Mauricio llegó, me miró sorprendido.
La cena comenzó.
Durante veinte minutos Diego habló de productividad, estrategia y optimización usando términos que apenas entendía.
Hasta que Mauricio frunció el ceño.
—Diego, si hacemos eso que propones podemos perder a uno de nuestros principales clientes.
Luego giró hacia mí.
—Paola, tú trabajas con proyecciones financieras, ¿verdad? ¿Qué opinas?
Vi a Diego.
Su mirada decía una sola palabra.
Cállate.
Así que sonreí.
—Ay, licenciado, yo de esas cosas no sé nada. En esta casa el inteligente es Diego.
Mauricio levantó lentamente las cejas.
Y entonces añadió:
—Qué extraño… porque esta mañana recibí un análisis firmado por usted que podría ahorrarle millones a nuestra compañía.
Diego dejó caer el tenedor.
Y Mauricio todavía no había dicho cómo había llegado ese análisis a sus manos.
