PARTE 1
—Vas a firmar el poder, suegra. No puedes quitarles a tus nietos casi seis millones de pesos solo porque estás resentida con nosotros.
Elena dejó la taza de café sobre la mesa y miró a Verónica sin responder. A su lado, Andrés, su único hijo, mantenía los ojos clavados en el piso de cemento, como si las grietas fueran más interesantes que aquella conversación.
Habían pasado casi cinco años desde la última vez que los dos se sentaban juntos en esa cocina de San Jerónimo del Río, un pequeño poblado de Puebla donde Elena vivía sola.
Cinco años antes, Verónica había utilizado un tono muy distinto.
—Aquí vas a estar mejor, Elena. Aire limpio, tranquilidad… ¿para qué quieres un departamento tan grande en la ciudad?
Elena tenía entonces un departamento de tres recámaras en Puebla capital. Su difunto esposo había trabajado media vida para terminar de pagarlo. Pero Verónica estaba embarazada de su segundo hijo, Andrés trabajaba desde casa y, según ellos, los niños necesitaban espacio.
“Somos familia”, le repitieron.
Elena terminó aceptando.
Escrituró el departamento a nombre de Andrés y se mudó a una vieja casa heredada de sus padres, convencida de que su hijo arreglaría el techo, instalaría agua caliente y la visitaría cada semana.
Nada de eso ocurrió.
El primer invierno tuvo que tapar las ventanas con cobijas viejas. Una parte del techo se venció durante una tormenta. Pasó noches enteras calentando agua en una olla porque el boiler jamás llegó.
Al principio llamaba a Andrés.
—Mamá, estamos complicadísimos. Luego te marco.
Después dejó de llamar.
Y ellos dejaron de ir.
Ahora Verónica había regresado con un folder lleno de documentos, una bolsa de galletas compradas en oferta y una sonrisa que Elena conocía demasiado bien.
—Encontramos un departamento perfecto para ti —continuó—. Treinta metros cuadrados, planta baja, cerca de una farmacia. Vendemos esto, damos el enganche y nosotros completamos lo necesario.
—¿Y desde cuándo les preocupa tanto dónde vivo?
Verónica apretó los labios.
—No empieces con reproches. Tenemos hijos, trabajo, gastos. No podíamos correr hasta acá cada vez que te dolía algo.
Andrés levantó por fin la mirada.
—Mamá, hazlo por los niños.
Elena observó por la ventana el techo nuevo, los vidrios nuevos, la leña perfectamente acomodada y el pequeño jardín que alguien había ayudado a recuperar.
Ellos todavía creían que no sabía por qué habían vuelto.
Pero Elena sabía perfectamente que el nuevo libramiento federal atravesaría sus cuatro mil metros cuadrados de terreno.
Y también sabía que la indemnización preliminar rondaba los 5.8 millones de pesos.
Verónica abrió el folder.
—Tenemos cita con el notario a las tres. Solo necesitas tu INE y tu firma.
Elena sostuvo su mirada.
—No voy a firmar nada.
La sonrisa de Verónica desapareció.
—No te estamos preguntando, Elena.
Y fue entonces cuando Elena comprendió que no habían regresado por ella.
Habían regresado por su dinero.
