PARTE 2
No enfrenté a doña Julia en la plaza.
Si armaba un escándalo ahí, Alberto diría que yo había malinterpretado todo y su madre inventaría alguna historia.
Así que guardé silencio.
Esa misma tarde regresé a la relojería. Le expliqué al encargado que necesitaba confirmar una compra relacionada con una transferencia familiar y mostré la información que tenía. No pudo darme datos privados, pero sí me confirmó algo suficiente: el modelo que había visto costaba exactamente $149,900 y se había vendido esa mañana.
Entonces hice algo que Alberto nunca esperaba.
Revisé nuestros movimientos de meses anteriores.
Encontré pequeñas transferencias.
Cinco mil.
Ocho mil.
Doce mil.
Todas a doña Julia.
Sumaban más de setenta mil pesos.
Cuando le preguntaba a Alberto por qué el dinero no alcanzaba, siempre decía lo mismo:
—La vida está carísima, Vero.
Pero ahora las fechas coincidían con cosas que su madre estrenaba: un celular, una televisión, un bolso, una escapada a Puerto Vallarta que supuestamente le había regalado una amiga.
La noche anterior al cumpleaños de Alberto encontré la prueba definitiva.
Él dejó abierta su sesión de WhatsApp Web en mi computadora.
No tuve que buscar demasiado.
El chat con su mamá estaba arriba.
Julia había escrito:
“Ya compré el reloj. Mañana hago el teatro de que estuve ahorrando meses. Tú nomás sorpréndete.”
Alberto respondió:
“Sí, ma. Y di que hasta dejaste de comprar medicinas. Para que Verónica vea cómo es una madre de verdad.”
Después venía otro mensaje.
“¿Y qué hacemos si pide el dinero?”
Alberto contestó:
“Se le pasa. Siempre se enoja y luego termina pagando.”
Sentí náuseas.
No era un impulso.
No era un error.
Era una estrategia.
Yo llevaba años financiando, sin saberlo, la imagen de madre sacrificada de doña Julia y la fantasía de Alberto de ser un hombre generoso.
Al día siguiente cociné exactamente lo que él había pedido: birria, arroz, ensalada y pastel.
A las ocho llegó doña Julia con una bolsa elegante.
Alberto se frotó las manos.
—¡Mamá! ¿Qué trajiste?
Ella sonrió.
—Una cosita que compré con mucho sacrificio.
Yo coloqué mi carpeta sobre la mesa.
Dentro estaban los estados de cuenta, las transferencias y las capturas de WhatsApp.
Doña Julia abrió la caja.
El reloj brilló bajo la lámpara.
—Ahorré durante meses —dijo con voz emocionada—. Dejé de comprarme cosas porque mi hijo merece lo mejor.
Alberto me miró, sonriendo.
—¿Ves, Verónica? Aprende un poquito de mi mamá.
Abrí la carpeta.
—Perfecto.
Ambos voltearon.
—Entonces creo que ya podemos hablar de quién pagó realmente ese reloj.
Y por primera vez, Alberto dejó de sonreír.
PARTE 3
El silencio duró apenas unos segundos, pero sentí que podía escuchar hasta el refrigerador trabajando en la cocina.
Doña Julia fue la primera en reaccionar.
—¿Qué estás insinuando?
—No estoy insinuando nada.
Saqué el estado de cuenta y lo puse junto a la caja del reloj.
—Quince de mayo. Transferencia por ciento cincuenta mil pesos desde mi cuenta de remodelación a la suya.
Alberto dejó el tenedor.
—Verónica…
Levanté una mano.
—Todavía no termino.
Volteé hacia mi suegra.
—Alberto me dijo que necesitaba ese dinero porque usted tenía problemas graves en la espalda y debía pagar un tratamiento especializado.
Doña Julia se tocó inmediatamente la cintura.
—¡Y sí los tengo! No sabes los dolores que sufro.
—Curiosamente, tres días después la vi caminando en tacones durante casi una hora en Plaza Galerías.
Su expresión se endureció.
—¿Me estabas siguiendo?
—No. Tuviste la mala suerte de comprar con mi dinero frente a mí.
Alberto intentó reírse.
—A ver, tampoco exageremos. Mi mamá necesitaba el tratamiento y también quería comprarme algo.
—Perfecto.
Lo miré.
—Entonces ella puede devolverme ahora mismo los ciento cincuenta mil pesos que supuestamente apartó para las terapias.
Doña Julia cruzó los brazos.
—No los traigo conmigo.
—Transferencia bancaria.
