PARTE 3
Arturo lo miró incrédulo.
—Ése no es el punto.
Había revisado el registro electrónico del estacionamiento.
El edificio tenía acceso controlado para visitantes y guardaba las placas de los vehículos que entraban.
La camioneta de Ángela aparecía registrada por primera vez 5 meses atrás.
Después otra vez.
Y otra.
En total había entrado 14 veces.
Gerardo guardó silencio.
Teresa sintió un vacío en el estómago.
—¿Cinco meses?
—No significa que haya venido conmigo todas esas veces —respondió rápidamente Gerardo.
Arturo deslizó el teléfono sobre la mesa.
—Entonces explícame esto.
Había mensajes.
Semanas atrás, Arturo había prestado una tablet vieja a su padre para que revisara unos documentos. Gerardo había iniciado sesión con su cuenta personal y nunca la cerró.
Cuando Arturo buscó información sobre las fechas del estacionamiento, encontró conversaciones sincronizadas.
No quiso leerlas todas.
No necesitó hacerlo.
Una frase bastó.
“En tu casa no podemos porque Teresa empieza a sospechar. Mejor en el departamento de Arturo.”
Teresa cerró los ojos.
La traición ya era dolorosa.
Pero descubrir la planificación, las mentiras repetidas y la tranquilidad con que Gerardo había convertido la casa de su hijo en escondite produjo algo distinto.
No tristeza.
Repulsión.
—¿Desde cuándo? —preguntó otra vez.
Esta vez Gerardo no respondió.
—Papá —dijo Arturo—. Contesta.
—Casi un año.
Elena se llevó una mano a la boca.
Teresa no se movió.
Un año.
Durante ese mismo año había celebrado con Gerardo su aniversario número 32.
Habían ido a cenar a un restaurante de Coyoacán.
Él le llevó flores.
Incluso publicó una fotografía de ambos con un mensaje que decía: “Gracias por caminar conmigo toda una vida”.
Teresa recordó haber llorado de emoción.
Ahora aquella publicación le parecía una burla.
—¿Un año con ella?
Gerardo miró hacia otro lado.
—No exactamente.
Arturo comprendió antes que su madre.
—¿Qué significa “no exactamente”?
Otra pausa.
—Ángela no fue la primera.
El silencio fue absoluto.
Teresa se sentó.
Aquello sí consiguió atravesar la coraza que había construido desde la tarde.
—¿Cuántas?
—Mamá…
—No, Arturo. Quiero saber.
Gerardo respiró profundamente.
—No llevaba una cuenta.
Teresa soltó una carcajada.
No porque tuviera gracia.
Fue el sonido involuntario que salió de ella cuando comprendió lo absurda que había sido su vida durante los últimos años.
Ella revisando que su marido tomara sus medicamentos.
Ella cocinando sin picante porque a Gerardo le provocaba gastritis.
Ella planchando sus camisas antes de cada reunión.
Ella pensando que los viernes regresaba tarde por compromisos laborales.
Y mientras tanto él ni siquiera podía recordar cuántas veces la había traicionado.
—Increíble —murmuró.
Gerardo pareció interpretar su silencio como una oportunidad.
Se acercó.
—Teresa, escucha. Sé que suena terrible.
—Suena exactamente como es.
—Pero nuestro matrimonio no puede reducirse a mis errores. Construimos una familia. Tenemos propiedades, recuerdos, una historia de más de 3 décadas.
Teresa levantó la cabeza.
—Curioso.
—¿Qué?
—Cuando eras tú quien engañaba, nuestra historia de 3 décadas no parecía tan importante.
Gerardo abrió la boca, pero Teresa levantó una mano.
—Todavía no termino.
Se puso de pie.
—Durante años pensé que mi problema eras tú, Elena.
La joven la miró sorprendida.
—Pensaba que no cuidabas suficiente a Arturo. Que trabajabas demasiado. Que gastabas en cosas innecesarias. Que tus clases, tus velas, tus comidas raras y tu independencia eran señales de que no entendías lo que significaba formar una familia.
Elena permaneció en silencio.
—Entré a esta casa sin permiso. Revisé tu refrigerador. Tus cajones. Hasta llegué a mirar tus recibos cuando los dejabas sobre la mesa.
Arturo abrió los ojos.
—¿Mamá, qué?
—Sí.
Teresa tomó la llave duplicada de su bolsa y la colocó frente a ellos.
—La mandé copiar sin que ustedes supieran.
Elena observó la llave.
—¿Desde cuándo?
—Casi 8 meses.
Arturo se pasó ambas manos por la cara.
—No puede ser.
—No. No puede ser. Y estuvo mal.
Teresa miró directamente a su nuera.
—Lo siento.
No añadió excusas.
No dijo “lo hice porque los quiero”.
No dijo “una madre siempre se preocupa”.
Por primera vez entendía que utilizar el amor como permiso para invadir la vida de otras personas también era una forma de faltarles al respeto.
—Mañana cambien la cerradura.
Elena tomó la llave.
—Lo haremos.
Teresa asintió.
Aquella respuesta directa, sin el “no pasa nada” que quizá hubiera esperado en otro momento, le gustó.
Porque sí había pasado algo.
Y pedir perdón no borraba automáticamente las consecuencias.
Gerardo aprovechó para intervenir.
—Bueno, todos cometemos errores, entonces.
Teresa giró lentamente.
—No intentes meternos en el mismo saco.
—Tú misma acabas de admitir que—
—Yo invadí la privacidad de ellos y estoy asumiendo lo que hice. Tú llevas años engañándome y todavía estás buscando cómo convertirlo en un debate.
Gerardo calló.
Arturo se levantó.
—Papá, quiero que me regreses la llave.
Gerardo sacó un llavero de su pantalón y lo dejó sobre la mesa.
—Hijo…
—No me digas así ahorita.
Aquello pareció lastimarlo más que cualquier palabra de Teresa.
—Arturo, no quiero perderte por una cosa que pasó entre tu mamá y yo.
—Esto no pasó solamente entre ustedes.
Arturo señaló la recámara.
—Me pediste mi casa usando mi confianza. Me convertiste en cómplice sin preguntarme.
—Tú no sabías nada.
—Exactamente.
Gerardo bajó la cabeza.
Arturo respiró profundamente.
—Necesito distancia.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé.
—Soy tu padre.
—Y por eso duele más.
