PARTE 1
—Si Elena está engañando a mi hijo, hoy mismo la saco de su propia casa.
Eso pensó Teresa Ramírez mientras miraba a ambos lados del pasillo del edificio en la colonia Del Valle, en Ciudad de México.
Eran casi las 4 de la tarde. Arturo, su único hijo, seguía trabajando en una constructora de Santa Fe y Elena, su esposa, supuestamente estaba en una clase de pilates.
Teresa abrió su bolsa y sacó una llave.
Arturo jamás le había dado una copia.
Meses atrás, Elena había dejado una llave de emergencia con una vecina. Teresa la tomó “prestada” una tarde y mandó hacer un duplicado.
Según ella, no era meterse donde no la llamaban.
Era cuidar a su hijo.
El día anterior había visto a Elena afuera de Plaza Universidad, riéndose mientras subía al asiento delantero de una camioneta gris de lujo conducida por un hombre que Teresa no conocía.
Desde entonces no había podido pensar en otra cosa.
—Mi pobre Arturo trabajando hasta las 8 y ésta paseándose con otro —murmuró.
Entró al departamento.
Todo estaba demasiado limpio.
No había platos en el fregadero, la barra de la cocina estaba impecable y en el aire flotaba ese aroma a vainilla que Elena adoraba.
Teresa frunció los labios.
Nunca había entendido a su nuera.
Elena trabajaba en diseño, pedía comida saludable, hacía ejercicio y no parecía interesada en convertirse en la esposa tradicional que Teresa imaginaba para Arturo.
Pero aquella tarde no había ido únicamente a inspeccionar.
Quería encontrar una prueba.
Entonces escuchó algo.
Una risa femenina.
Venía de la recámara matrimonial.
Teresa se quedó inmóvil.
Después oyó una voz masculina y el sonido seco de una botella de vino espumoso al abrirse.
Su corazón comenzó a golpearle el pecho.
—Lo sabía.
Caminó lentamente por el pasillo.
Del otro lado de la puerta, una joven dijo entre risas:
—Gerardo, ¿seguro que tu hijo no va a regresar temprano?
Teresa sintió que algo se congelaba dentro de ella.
Gerardo.
Así se llamaba su esposo.
El hombre con quien llevaba 32 años casada.
Pegó el oído a la puerta.
—Arturo no llega antes de las 7 —respondió aquella voz masculina—. Él mismo me prestó la llave. Le dije que necesitaba un lugar tranquilo para revisar unos planos.
Teresa dejó de respirar.
Empujó la puerta.
Y lo que vio sobre la cama de su hijo fue mucho peor que cualquier infidelidad que había imaginado encontrar.
Su marido estaba allí.
Con una mujer que podría haber sido su hija.
Y llevaba puesto el reloj de oro que Teresa había tardado 6 meses en ahorrar para regalarle.
