No le dije a mi marido que me habían ascendido porque quería darle la mejor sorpresa de cumpleaños. Fui a su restaurante para reservar una mesa, pero encontré a una niña que rogaba por comida. “El dueño es mi papá”, aseguró. Me quedé callada y decidí ayudarla. Minutos después, cuando mi esposo apareció, comprendí por qué llevaba días desesperado por conseguir tres millones de pesos. Advertisements
—Pero tú conocías a mi mamá, Marisol. Ella trabajaba aquí. ¿No te acuerdas?
El silencio fue insoportable.
Héctor apareció detrás de Ricardo y comenzó a negar con la cabeza, nervioso.
—Señora Lucía, esta niña viene seguido a molestar a los clientes. Ya le hemos explicado…
—¡Cállate! —lo interrumpí—. ¿También vas a negar que le gritaste y la amenazaste cuando solamente estaba pidiendo comida?
Ricardo miró a su gerente con una expresión que no pude descifrar.
Entonces Javier se acercó.
—Ricardo Ortega, tenemos una orden judicial para detenerlo por su probable participación en varios delitos de fraude. Necesitamos que nos acompañe.
Mi esposo soltó una carcajada nerviosa.
—Esto es una broma, ¿verdad? Javier, no puedes usar tu puesto para vengarte porque Lucía se divorció de ti.
—La orden no la decidí yo —respondió Javier—. Es resultado de una investigación y fue autorizada por un juez.
Dos agentes avanzaron.
Ricardo retrocedió hacia una estación donde los meseros preparaban las bebidas.
—Ustedes no tienen idea de con quién se están metiendo.
—No haga esto más difícil —advirtió uno de los policías.
Yo seguía sosteniendo la mano de Camila.
La niña temblaba.
—Ven conmigo, preciosa —le susurré—. Vamos a apartarnos.
Pero Ricardo fue más rápido.
Se acercó bruscamente, me sujetó por el cuello y me arrastró contra su pecho.
Sentí algo frío junto a mi garganta.
Había tomado un cuchillo de la estación de servicio.
—¡Nadie se acerque! —gritó—. ¡O la lastimo!
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Alguien dejó caer una charola. Una mujer comenzó a gritar. Los clientes se alejaron hacia la salida mientras los agentes les ordenaban mantenerse a distancia.
Yo apenas podía respirar.
—Ricardo, por favor —murmuré—. Suéltame.
—¡Tú provocaste esto! —rugió junto a mi oído—. ¡Tenías que traer a esa mocosa y llamar a tu exmarido!
Aquellas palabras terminaron de destruir cualquier duda que todavía pudiera quedarme.
Ricardo sabía perfectamente quién era Camila.
Javier mantuvo la voz firme.
—Déjala ir. Todavía puedes evitar que esto termine peor.
—¡Baja el arma!
—Ricardo, estás rodeado. No vas a salir de aquí llevándote a Lucía.
Mi esposo comenzó a retroceder hacia la puerta lateral.