La casa de Daniela había quedado con una ventana rota, parte del techo levantado y cables tirados sobre el patio. Como ella debía quedarse en el hospital y su esposo Mauricio revisaba daños en la colonia, enviaron a Sofía con sus abuelos.
Era el único lugar que Daniela creyó seguro.
Pero Teresa, su madre, había mirado desde la ventana y le había dicho que no había espacio.
Dentro vivían Verónica, hermana de Daniela, y sus 3 hijos. Llevaban casi 4 años ahí sin pagar renta, mientras Daniela cubría una parte importante de los gastos familiares.
Sofía seguía junto a la reja con una mochila, polvo en los jeans y ramas rodando por la banqueta.
—No te muevas —le pidió Daniela—. La tía Lucía va por ti.
Lucía contestó al primer intento.
—Voy en camino. Dile a esa niña que en mi casa siempre tiene lugar.
Después, Daniela llamó a Teresa.
Su madre respondió con una tranquilidad que le heló la sangre.
—Hola, hija. ¿Cómo está el hospital?
—¿Por qué Sofía está afuera?
Hubo un silencio breve.
—Ya somos demasiados. Verónica y los niños ocupan los cuartos.
—Tiene 16 años. Acaba de pasar un tornado.
—No exageres. Lucía puede recibirla.
—Tú sabías que iba.
—Y tú sabes que esto no es un albergue.
