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Vivía en un departamento modesto, lejos de la imagen de mujer adinerada que yo había inventado durante años.
Apenas abrió, me miró fijamente.
—Sabía que eras tú, Lucía.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Desde cuándo?
—Desde que empezaste a trabajar. Tienes los mismos ojos de Ernesto.
Me invitó a pasar.
En la sala había una fotografía mía de cuando terminé la secundaria.
—Tu padre la guardaba en su cartera —explicó—. Cuando se maltrató, la puso ahí.
—¿Para qué? —pregunté con rabia—. Si tanto me quería, ¿por qué nunca estuvo conmigo?
Graciela bajó la mirada.
—Porque fue un cobarde. Y yo tampoco ayudé.
Confesó que durante años había sentido celos de mí. Temía que, si mi padre recuperaba nuestra relación, terminara regresando con mamá.
—Nunca le prohibí buscarte, pero tampoco lo animé. Y eso fue una crueldad.
Después me contó que papá murió de un infarto en diciembre, junto al horno, trabajando.
Diego había intentado salvarlo.
—Tu padre quería dejarte el negocio, Lucía. Pero estaba convencido de que lo rechazarías.
—¿Y el préstamo?
Graciela apretó los labios.
—Eso debes descubrirlo tú. Ernesto dejó todo preparado.
Salí confundida.
Al regresar a El Trigal, encontré a doña Rosario revisando unos documentos para formalizar mi contratación.
Mi identificación oficial, que había dejado accidentalmente junto a mi chamarra, estaba en sus manos.
—¡Nicolás, ven a ver esto! —gritó—. ¡Nuestra Valeria resulta ser la hija del patrón!
Nicolás leyó mi nombre completo.
Su expresión cambió.
—¿Todo este tiempo nos estuviste investigando?
—No era contra ustedes…
—Te abrí las puertas de mi casa. Dejé que Fernanda te tomara cariño. ¿También eso era parte de tu juego?
Fernanda apareció detrás de él.
—¿Entonces sí nos mentiste? —preguntó con los ojos llenos de lágrimas.
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