—¿Te parece bonito lo que hiciste?
Yo estaba sentada a la mesa del comedor.
Frente a mí tenía una carpeta con los movimientos financieros.
—Siéntate, Diego.
—No me hables como si fueras mi jefa.
—Entonces deja de comportarte como si yo tuviera que administrarte la vida.
Se quedó de pie.
—Mi mamá tuvo que pagar con su tarjeta. Ahora tiene una deuda enorme.
—Tu mamá pagó lo que ustedes decidieron consumir.
—¡Eres mi esposa!
—Y eso nunca te dio derecho a disponer de mi dinero.
Diego recorrió el departamento con la mirada.
—Esta también es mi casa.
—Ha sido nuestro hogar, pero el departamento es de mi propiedad. Quiero separarme y organizar nuestra situación de manera legal.
Su expresión cambió.
De la furia pasó al desconcierto.
—¿Estás hablando de divorcio?
—Sí.
Se rio nerviosamente.
—No vas a divorciarte por una camioneta.
—No es por una camioneta.
Abrí la carpeta.
—Es por las mentiras. Por las deudas. Por tu madre decidiendo sobre mis cosas. Por los años en los que confundiste mi apoyo con una obligación.
Diego intentó acercarse.
—Natalia, yo te amo.
Durante mucho tiempo habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.
Aquella noche solamente me parecieron insuficientes.
—Dime algo, Diego. Si mañana perdiera mi trabajo y dejara de ganar dinero durante seis meses, ¿qué harías?
—Buscaríamos una solución.
—¿Cuál?
No respondió.
—¿Venderías tu camioneta?
Bajó la mirada.
—¿Le pedirías a tu mamá que contribuyera a los gastos?
Silencio.
—¿Conseguirías un empleo mientras tu negocio comienza a funcionar?
Entonces finalmente habló.
—Tú sabes que no voy a aceptar cualquier trabajo.
