Y cuando nos casamos, su madre comenzó a aparecer en nuestro departamento sin avisar.
—Natalita, ¿por qué compras carne tan cara? Mi Dieguito necesita comida casera, no esas cosas finas.
Abría mi refrigerador, criticaba mis muebles y revisaba las bolsas del supermercado.
Curiosamente, nunca criticaba los gastos de su hijo.
Tres días antes de aquella cena, Diego llegó emocionadísimo.
—¡Me aprobaron una camioneta nueva!
Me mostró una fotografía de una SUV blanca de lujo.
—¿Cómo que te aprobaron? ¿Con qué vas a pagarla?
—Son veintitrés mil ochocientos pesos mensuales durante cinco años.
Sentí un vacío en el estómago.
—Diego, llevas meses sin ingresos.
Él soltó una carcajada.
—Por eso estamos casados, amor. Tú tienes un salario fijo. Además, pronto recibes tu bono.
—Mi bono no es para pagar tus deudas.
Su expresión cambió.
—No seas egoísta. Mamá dice que un empresario necesita proyectar éxito.
Después anunció que celebraríamos en un restaurante elegante de Polanco.
Aquella noche no dormí.
Abrí mi computadora y revisé tres años de movimientos bancarios.
El resultado me dejó helada.
Diego había aportado treinta y dos mil pesos en todo ese tiempo.
Yo había gastado aproximadamente seiscientos ochenta mil pesos en sus negocios fallidos, ropa, viajes y caprichos personales.
Y ahora pretendía comprometer otros cinco años de mi vida.
Al día siguiente tomé una decisión.
Transferí mis ahorros y mi salario a una cuenta personal que Diego no podía utilizar.
En mi tarjeta habitual dejé solamente treinta y cinco pesos.
Cuando llegué al restaurante, mi marido y su madre ya habían pedido cortes importados, mariscos y una botella de vino carísima.
—Te pedimos una ensalada, Natalia —comentó Graciela—. Deberías cuidar tu figura.
Durante la cena hablaron de la camioneta como si ya fuera una propiedad familiar.
Yo apenas comí.
Finalmente llegó la cuenta.
