Durante las semanas siguientes, Diego intentó convencerme de que cambiara de opinión.
Primero envió flores.
Después escribió mensajes larguísimos hablando de nuestros recuerdos.
Cuando eso no funcionó, volvió a culparme.
«Por tu culpa me están cobrando la primera mensualidad».
«Mamá dice que destruiste mi futuro».
«No sabes cuánto cuesta mantener una camioneta así».
Aquel último mensaje casi me hizo reír.
Precisamente por eso le había advertido que no debía comprarla.
Un día llegó a mi oficina.
La recepcionista me avisó que mi esposo quería verme.
Lo recibí en una pequeña sala de juntas, con la puerta entreabierta.
Venía sin su habitual ropa de diseñador.
Tenía ojeras y parecía diez años mayor.
—Natalia, necesito un favor.
Lo miré.
—¿Qué pasó?
—La agencia dice que puedo cancelar el financiamiento, pero como ya me entregaron la camioneta, tendría que venderla o negociar una solución. Voy a perder dinero.
—Lamento que estés pasando por eso.
—Necesito que me prestes cincuenta mil pesos para resolverlo.
Me quedé en silencio.
No podía creerlo.
Después de todo lo ocurrido, seguía buscando la misma solución.
Mi dinero.
—No, Diego.
—Te los voy a devolver.
—Eso me has dicho durante tres años.
—¡Pero esta vez es diferente!
—La diferencia es que ahora voy a creerles a tus acciones, no a tus promesas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Por primera vez no me pidió dinero inmediatamente después.
Se quedó mirando la mesa.
—Mi mamá tampoco quiere ayudarme —murmuró.
No respondí.
—Dice que la camioneta fue idea mía. Que ella nunca me pidió comprarla.
Recordé la cena y sentí una tristeza inesperada.
Diego había pasado años defendiendo los deseos de su madre, incluso cuando esos deseos perjudicaban nuestro matrimonio.
Ahora descubría que ella tampoco estaba dispuesta a sacrificar su comodidad para salvarlo de las consecuencias.
—Quizá sea momento de que tomes tus propias decisiones —le dije.
Se levantó lentamente.
