Mi esposo me golpeó y me encerró bajo las escaleras horas antes del funeral de mi madre. “Si ya murió, puedes esperar hasta mañana”, me dijo mientras mi suegra le daba la razón. No discutí más. Encontré un marro oxidado y rompí el cerrojo. Diez minutos después, él me rogaba que me calmara, sin imaginar lo que estaba a punto de descubrir sobre nuestra familia…
—Lo único que necesitamos de ti es tu firma. Después podrás irte con tu hermano.
Guardé silencio.
—¿Quedó claro? —preguntó.
—Perfectamente, señora Teresa.
Cuando subió a su habitación, detuve la grabación.
Había durado diecisiete minutos.
Escuchar aquella confesión dolió profundamente. Pero más doloroso fue comprender que la mujer a quien había llamado segunda madre durante cinco años nunca me había considerado parte de su familia.
Para ella yo había sido una empleada sin sueldo, una fuente de dinero y un obstáculo entre su hijo y la vida que deseaba.
La fecha para reunirse con la inmobiliaria quedó fijada para el martes.
Iván estaba convencido de que firmaríamos documentos para cerrar la venta.
Yo había acordado con Sofía que no se aceptaría ningún depósito ni se celebraría una compraventa. La reunión serviría para comunicar formalmente que no autorizaba la operación.
Pero decidí hacer algo más.
Llamé a mis dos tíos políticos, Roberto y Manuel, hermanos del difunto padre de Iván.
Eran hombres muy respetados dentro de la familia. Iván siempre presumía ante ellos su supuesto éxito empresarial.
Los invité a una reunión familiar para hablar del departamento.
También pedí a Diego que me acompañara.
El martes amaneció despejado.
Me puse un vestido negro sencillo y el collar de plata que mamá me había regalado en mi último cumpleaños.
Iván bajó perfectamente arreglado.
—Hoy empieza nuestra nueva vida, Elena —declaró.
Lo miré.
—En eso tienes razón.
A las nueve llegaron Diego, Sofía y mis dos tíos políticos.
Iván abrió la puerta y se quedó desconcertado.
—¿Qué hacen todos aquí?
—Queríamos acompañarlos —respondió Roberto—. Nos dijeron que iban a vender el departamento.
Teresa apareció desde las escaleras.
—¡Pero qué bonita sorpresa!
Aunque sonreía, sus ojos mostraban preocupación.
Cuando todos se sentaron, Sofía colocó una carpeta sobre la mesa.
—Antes de cualquier operación, mi clienta tiene algo importante que comunicar.