Mi esposo me golpeó y me encerró bajo las escaleras horas antes del funeral de mi madre. “Si ya murió, puedes esperar hasta mañana”, me dijo mientras mi suegra le daba la razón. No discutí más. Encontré un marro oxidado y rompí el cerrojo. Diez minutos después, él me rogaba que me calmara, sin imaginar lo que estaba a punto de descubrir sobre nuestra familia…
«Hijo, Héctor ya está desesperado. Debes más de dos millones por las apuestas. Si Elena no consigue la firma de su hermano, tendremos que vender el departamento. No le digas nada de Karla hasta tener el dinero».
Me quedé inmóvil.
Mi esposo tenía una amante embarazada.
Debía una fortuna a prestamistas peligrosos.
Y su madre estaba ayudándolo a quitarle a mi familia lo único que Rosa había conseguido dejarles.
Pero encontré un último mensaje, enviado la misma madrugada en que murió mamá.
Teresa había escrito:
«Si Elena sale corriendo al hospital, después no podremos controlarla. Enciérrala si hace falta. Primero necesitamos asegurarnos de que firme».
Ya no había dudas.
No me habían encerrado únicamente por superstición.
Me habían golpeado para mantenerme sometida mientras preparaban el robo de nuestra herencia.
Guardé las pruebas, dejé la tableta donde estaba y volví a la habitación.
Iván dormía profundamente.
Lo observé durante varios minutos.
A la mañana siguiente iba a ofrecerle exactamente lo que tanto deseaba: vender nuestro departamento de más de seis millones de pesos.
Y estaba segura de que aceptaría.
Lo que todavía ignoraba era que esa oferta terminaría exponiendo todos sus secretos ante las personas cuya opinión más le importaba.
PARTE 3
A la mañana siguiente me levanté antes que todos.
Preparé chilaquiles verdes, café de olla y huevos al gusto de Iván. Teresa bajó a desayunar y me observó con desconfianza.
—Qué bueno que ya se te quitó lo rebelde —comentó—. Una mujer inteligente sabe cuándo debe agachar la cabeza.
Le serví café sin responder.
Cuando Iván terminó de desayunar, respiré profundamente.
—He estado pensando en lo del terreno de mamá. Diego no quiere venderlo. Dice que debemos respetar su memoria y esperar a que se resuelva la herencia.
Iván dejó el tenedor sobre la mesa.
—¡Tu hermano es un inútil! ¡No entiende nada de negocios!
—Pero se me ocurrió otra solución —continué—. ¿Por qué no vendemos nuestro departamento?
La expresión de mi esposo cambió inmediatamente.
Nuestro departamento, ubicado en una zona residencial de Puebla, estaba valuado en aproximadamente 6 millones 400 mil pesos. Lo habíamos comprado cuatro años atrás, principalmente con mis ahorros y el dinero que mi madre me había regalado después de vender un pequeño local.
En las escrituras figurábamos ambos, pero mi participación era del 80 por ciento y la de Iván del 20, conforme al dinero que cada uno había aportado. Nos habíamos casado por separación de bienes.