—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Se pasó una mano por el rostro.
—Porque juré que jamás haría sentir a un niño como me sentí aquella noche.
—Y terminaste haciéndolo.
—Sí.
No intentó defenderse.
Eso hizo que doliera todavía más.
—Durante 9 años he querido decir que Camila es mi hija —continuó—. Pero siempre me detenía.
—¿Por Mauricio?
Asintió.
—Pensaba: ¿y si vuelve? ¿Y si ella siente que intenté reemplazarlo? ¿Y si un día me dice que no soy su padre? Cada vez que alguien preguntaba si era mi hija, yo decía que era mi hijastra antes de que ella pudiera corregirme.
Miró hacia la rosa.
—Cuando dije que ese lugar era para padres de verdad, no estaba dudando de Camila.
Le tembló la voz.
—Estaba dudando de mí.
Me quedé callada.
Entonces comprendí algo que no había visto durante todos esos años.
La prudencia de Julián no era distancia.
Era miedo.
Había amado a mi hija intentando no reclamar nada a cambio porque estaba convencido de que el título de padre pertenecía a otro hombre, aunque aquel hombre llevara años ausente.
—¿Qué cambió hoy? —pregunté.
Julián sonrió con tristeza.
—Tu padre.
—¿Mi papá?
—Lo vi entrar con ese bastón. Apenas podía caminar con rapidez y no le importó quién debía estar allí, quién tenía derecho o qué pensaría Mauricio. Camila lo llamó y él apareció.
Respiró profundamente.
—Yo llevo 9 años apareciendo. Pero nunca me permití entender lo que eso significaba.
A las 10:48 de la noche escuchamos abrirse la puerta.
Camila entró todavía con el uniforme deportivo debajo de una chamarra.
Su trenza estaba medio deshecha.
