—Todos me están enviando videos del abuelo —dijo—. Alguien subió el momento a Facebook.
Julián soltó una pequeña risa.
—Tu abuelo probablemente cree que Facebook es una libreta con fotografías.
Camila se rio.
Luego vio la rosa sobre la mesa.
Su expresión cambió.
Se acercó a Julián y, para nuestra sorpresa, se sentó sobre una de sus piernas como hacía cuando era pequeña.
A sus 17 años, apenas cabía.
A ninguno le importó.
—Julián.
—¿Sí?
—Yo no estaba enojada porque dijeras que no.
Él esperó.
—Estaba enojada porque pensé que no querías caminar conmigo.
Julián cerró los ojos un momento.
—Siempre he querido hacerlo.
—Entonces, ¿por qué no?
Él la miró.
—Porque tenía miedo de que algún día me dijeras que no soy realmente tu papá.
Camila frunció el ceño como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.
—¿Quién me llevó a entrenar durante años?
—Yo.
—¿Quién construyó la red en el patio?
—Yo.
—¿Quién esperó afuera de mi primera fiesta porque mamá estaba trabajando?
—Yo.
—¿Quién aprendió a hacerme una trenza cuando yo tenía 9?
Julián sonrió.
