La rosa roja descansaba sobre el tablero.
Cuando acosté a Mateo, encontré a mi esposo sentado en la cocina.
No había encendido todas las luces.
Solo la lámpara sobre la mesa.
La rosa estaba frente a él.
Preparé café y me senté.
—Siento no haberte dicho que mi papá iba a ir.
Julián negó con la cabeza.
—Si me lo hubieras dicho, habría aceptado acompañarla.
Lo miré.
—¿Entonces por qué dices que hice bien?
Giró lentamente la rosa entre los dedos.
—Porque habría ido por ti. No por Camila.
Guardó silencio.
—Yo necesitaba llegar a esa cancha porque ella me necesitaba.
Después me contó algo que había ocurrido cuando él tenía 12 años.
Su madre se había vuelto a casar.
El hombre se llamaba Óscar.
No era violento ni cruel. Trabajaba, pagaba las cuentas y trataba correctamente a Julián.
Pero mantenía una distancia que nunca desapareció.
Ese año, Julián jugaba béisbol.
Al final de la temporada organizaron una ceremonia. Cada niño tenía que caminar al frente acompañado por su padre para recibir un reconocimiento.
Julián le pidió a Óscar que lo acompañara.
El hombre respondió:
—Eso le corresponde a tu verdadero padre. Yo no voy a fingir ser algo que no soy.
Su padre biológico tampoco apareció.
Así que Julián, con 12 años, caminó solo frente a todos.
Recibió su reconocimiento.
Regresó solo a su silla.
Y nunca volvió a pedirle a Óscar que lo acompañara a nada.
Sentí un escalofrío.
—Julián… tú le dijiste casi lo mismo a Camila.
Sus ojos se humedecieron.
