El gimnasio volvió a estallar en aplausos.
Entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.
Camila había entregado su rosa roja a mi padre.
Él la sostenía junto al bastón.
Cuando Camila se separó de Julián, mi padre extendió la flor hacia él.
—No, señor —dijo Julián—. Esa rosa es suya.
Mi padre no retiró la mano.
—Tómala, hijo.
Julián dudó.
Papá sonrió.
—Yo ya crié a mi hija. Esta muchacha ahora también es responsabilidad tuya.
Julián tomó la rosa.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi a mi esposo llorar frente a cientos de personas.
Aquella noche pensé que ya entendía lo que había ocurrido.
Creí que Julián simplemente se había dado cuenta de su error.
Pero horas después, sentado frente a la misma mesa donde había rechazado a Camila, me contó una historia de su infancia que nunca había compartido conmigo.
Y entonces comprendí que mi esposo no había tenido miedo de convertirse en padre.
Había tenido miedo de repetir exactamente la herida que alguien le había dejado a él.
Parte 3
Mateo se durmió durante el regreso a casa.
Camila se fue a comer pizza con sus compañeras después del partido.
Julián condujo en silencio.
