Apretó la barandilla.
Después bajó el primer escalón.
Parte 2: Conté los 4 escalones hasta la cancha.
Julián los bajó sin apartar los ojos de mi hija.
Mi padre y Camila todavía estaban a unos metros del centro cuando él cruzó la línea lateral.
El aplauso continuaba, pero para mí el gimnasio entero había desaparecido.
Solo veía a mi esposo acercándose.
Camila lo vio.
Se detuvo.
Julián llegó hasta su lado y extendió lentamente el brazo.
No dijo nada.
Mi hija tampoco.
Durante un segundo que me pareció eterno, pensé que ella iba a rechazarlo.
Entonces Camila respiró hondo y pasó su mano libre por el brazo de Julián.
Los 3 siguieron caminando.
Mi padre a un lado.
Julián al otro.
El bastón marcando el ritmo.
Mateo empezó a saltar junto a mí.
—¡Ese es mi papá! ¡Ese es mi papá!
Cuando llegaron al centro de la cancha, el director de actividades se acercó a Julián con un micrófono.
La cara de mi esposo cambió.
Julián odiaba hablar en público.
Pero tomó el micrófono.
—Me llamo Julián Mendoza. He sido el padrastro de Camila durante 9 años.
El gimnasio quedó en silencio.
—Hace 2 noches ella me pidió que caminara con ella. Yo le dije que no.
Camila bajó la mirada.
—Le dije que este lugar era para padres de verdad.
Julián tragó saliva.
—Pensé que estaba respetando el lugar de otro hombre. La verdad es que llevo 9 años preguntándome si tenía derecho a considerarme su padre.
Giró hacia ella.
Su voz se quebró.
—Pero estaba equivocado. He estado aquí en cada entrenamiento, en cada enfermedad, en cada problema, y aun así tenía miedo de decir algo que tú quizá no sintieras.
Los ojos de Camila ya estaban llenos de lágrimas.
—Perdóname.
Mi hija no respondió.
Simplemente lo abrazó.
