Corrió hacia él y enlazó su brazo con el suyo.
A mi lado, Julián se quedó inmóvil.
—Laura… ¿ese es tu papá?
—Camila le pidió que la acompañara.
Julián no contestó.
Minutos después, el locutor anunció:
—Número 17, Camila Mendoza, acompañada esta noche por su abuelo, el señor Ernesto Salazar.
Mi padre apoyó el bastón sobre el piso brillante.
Camila sujetó su brazo.
Y comenzaron a caminar.
Bastón.
Paso.
Paso.
Bastón.
Paso.
Paso.
Primero se levantó una persona en las gradas.
Después otra.
Luego una fila completa.
En cuestión de segundos, casi todo el gimnasio estaba de pie.
Yo tenía una mano sobre la boca cuando miré hacia Julián.
También se había levantado.
Pero no estaba aplaudiendo.
Tenía los ojos clavados en Camila.
