Había trabajado casi toda su vida entre ganado, herramientas y pequeños cultivos en un rancho a una hora de nosotros. Dos años antes había sido operado de la cadera y desde entonces caminaba apoyándose en un bastón de madera.
Era orgulloso.
Lento.
Terco.
Y Camila lo adoraba.
—El abuelo camina muy despacio —le advertí.
—No me importa.
—La cancha es grande.
Entonces se incorporó y me miró directamente.
—Lo quiero a él.
A la tarde siguiente llamé a mi padre.
Le conté todo.
No criticó a Julián. Ni una sola vez.
Solo preguntó:
—¿Ella de verdad quiere que vaya?
—Sí.
Hubo un breve silencio.
—Entonces dime a qué hora tengo que estar.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Papá, tendrás que caminar toda la cancha.
Él soltó una pequeña risa.
—Laura, he cruzado potreros bajo la lluvia con una vaca siguiéndome. Creo que puedo sobrevivir a un gimnasio por mi nieta.
No le dije nada a Julián.
Tal vez debí hacerlo.
Pero quería saber qué ocurriría cuando viera, con sus propios ojos, quién estaba dispuesto a ocupar el lugar que él acababa de rechazar.
El jueves, a las 6:12 de la tarde, la puerta lateral del gimnasio se abrió.
Mi padre entró con una camisa blanca recién planchada, una chaqueta café, zapatos oscuros y su viejo bastón de madera.
Camila lo vio desde la cancha.
Su rostro se iluminó.
