Se levantó, llevó su plato al fregadero y subió a su habitación.
No gritó.
No dio un portazo.
Su silencio dolió más.
Nuestro hijo Mateo, de 8 años, me miró desde el otro lado de la mesa.
Yo también quería mirar a Julián y preguntarle qué demonios acababa de hacer.
Pero no lo hice.
Porque conocía a mi esposo.
Si yo le ordenaba acompañar a Camila, lo haría.
Y yo no quería que mi hija caminara junto a un hombre que estaba allí porque su esposa lo había obligado.
Quería que Julián entendiera por sí mismo que llevaba 9 años ocupando ese lugar.
Esa noche entré en el dormitorio de Camila.
Estaba acostada mirando el techo.
—No tienes que hablar si no quieres.
—Perfecto.
Me senté a su lado.
Pasaron casi 2 minutos antes de que dijera:
—No está equivocado, mamá. No es mi papá biológico.
—Eso no significa que no sea tu familia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo pensé que a estas alturas eso ya no importaba.
Aquella frase me partió.
Le tomé la mano.
—¿Con quién quieres caminar?
Camila tardó unos segundos en responder.
—¿El abuelo podría hacerlo?
Mi padre, Ernesto Salazar, tenía 79 años.
