Mi cuñado me exigió las llaves de mi departamento después de anunciar: “¡Robaron a mamá y no puede seguir viviendo sola!”. Su plan era instalar a mi suegra en mi propiedad y quedarse con la casa de tres recámaras de ella. Mi esposo estaba preocupado, pero yo acepté reunir a toda la familia antes de decidir. Nadie esperaba que sacara una fotografía antigua donde aparecía el supuesto ladrón…
—No me arrepiento de haber querido enamorarme otra vez.
Sentí un nudo en la garganta.
—Y no debería arrepentirse.
—Me avergüenza haber confiado en Arturo, pero no haber deseado compañía. Tengo sesenta y ocho años, Elena. Todavía quiero vivir, reírme y sentirme querida.
La abracé.
—Entonces siga haciéndolo. Solo que ahora tendrá más cuidado con las personas a quienes deja entrar en su vida.
Teresa sonrió.
—Y con los yernos que aseguran tener negocios millonarios.
Solté una carcajada.
Definitivamente, mi suegra estaba recuperando su carácter.
Aquella noche, mientras caminábamos hacia el automóvil, Miguel me tomó de la mano.
—Tengo que agradecerte algo.
—¿Qué cosa?
—Que no permitieras que tomáramos una decisión por culpa o por presión familiar. Yo probablemente habría cedido.
Lo miré.
—Tú me apoyaste cuando era importante.
—Porque sabía que tenías razón. Pero no imaginé hasta dónde llegaba todo esto.
Nos detuvimos junto al coche.
Miguel me abrazó.
—Mi mamá está bien porque hicimos preguntas que nadie quería hacer.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
Pensé en los ciento ochenta mil pesos, en el alhajero, en una relación que nunca había existido y en una mujer que durante tres meses había sido feliz por razones equivocadas.
Pero también pensé en lo que Teresa había recuperado.
Su dignidad.
Su independencia.
Y la certeza de que merecía cariño sin tener que comprarlo ni entregar nada a cambio.
Raúl perdió mucho más que el dinero que había apostado.
Perdió a su esposa, la confianza de su familia y la oportunidad de seguir viviendo a costa de los demás.