Mi😰😥💖😱 esposo me entregó la llave de un cuarto junto a las calderas y dijo: «Las suites son para la familia; tú solo vienes de acompañante». Mi suegra se rio y nadie intervino. A medianoche, una camarista me reveló con quién estaba durmiendo realmente. No hice ningún escándalo; dejé que avisara al esposo de la pelirroja. Media hora después, mi marido suplicaba ayuda… sin imaginar qué otra mentira estaba por descubrirse.
Nicolás revisó el equipo de respaldo mientras yo coordinaba las maniobras de aislamiento y comprobaba los indicadores de presión.
También pedí que despertaran al personal de enfermería y trasladaran temporalmente a los huéspedes más vulnerables al edificio que todavía conservaba calefacción.
El gerente no contestaba.
La temperatura exterior había descendido a seis grados bajo cero y las habitaciones comenzaban a enfriarse.
Finalmente logramos poner en servicio la bomba auxiliar.
Sin embargo, no tenía capacidad para abastecer simultáneamente todo el complejo.
—¿Qué hacemos con las suites de lujo? —preguntó Nicolás.
—Primero calentamos las habitaciones donde están los niños y los adultos mayores. Los demás tendrán que esperar.
Media hora después, los huéspedes comenzaron a bajar buscando un lugar caliente.
Detrás venían Patricia, Rubén y Teresa, envueltos en cobijas.
Armando apareció al final, sin Renata.
Los hice pasar al pasillo de mantenimiento y pedí al personal que repartiera bebidas calientes.
Mi habitación seguía siendo uno de los lugares más cálidos del edificio.
—Quiero sentarme —ordenó doña Ofelia al entrar.
—Solamente hay una cama. Puede esperar aquí mientras terminamos.
Entonces apareció mi suegro, don Roberto.
Había sido conductor de ferrocarril durante casi cuarenta años. Era un hombre callado que rara vez discutía con su esposa.
Observó mi cama, las paredes desnudas y los tres ganchos que servían de clóset.
Después miró a Armando.
—¿Aquí pusiste a tu esposa?
Mi marido bajó la mirada.
—Papá, fue un arreglo del hotel.
—Te pregunté si aquí la pusiste.
Armando no respondió.
Don Roberto se sentó lentamente sobre la cama.
—Pues yo me quedo aquí con Elena.
Mi suegra abrió la boca indignada.
—¡Roberto, estás haciendo un ridículo!
—El ridículo lo hicimos nosotros cuando permitimos que nuestra nuera durmiera en un cuarto de máquinas mientras disfrutábamos habitaciones que ni siquiera necesitábamos.
Fue la primera vez en veintiséis años que alguien de aquella familia me defendió abiertamente.