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—¡Un guardia borracho amenazó a mi hijo! ¡Voy a exigir que lo despidan!
En ese momento apareció una mujer pelirroja, perfectamente maquillada, con un gafete que decía: Renata Salinas, gerente de hospedaje.
—Lamentamos muchísimo lo ocurrido —anunció—. El guardia ya fue suspendido.
Mi suegra le tomó la mano.
—Qué muchacha tan eficiente. Ojalá todas las mujeres fueran así.
Armando mantuvo los ojos clavados en su plato.
Comprendí entonces que mi suegra sabía perfectamente quién era Renata.
Salí antes de terminar el desayuno.
En recepción pedí cambiar de habitación, ofreciendo pagar la diferencia.
Renata sonrió.
—Imposible, señora Elena. Estamos completamente llenos.
Mientras hablaba, sacó un manojo de llaves.
Entre ellas colgaba una pequeña campanita de latón, con una abolladura muy particular.
Reconocí aquella campanita inmediatamente.
Era de mi madre.
La había golpeado accidentalmente contra las escaleras cuando yo tenía quince años.
—¿De dónde sacó esas llaves? —pregunté.
Renata las guardó rápidamente.
—Son asuntos del hotel.
Salí sintiendo que algo terrible estaba por descubrirse.
Mis pasos me llevaron hasta el antiguo centro de rehabilitación donde había trabajado mi madre.
En una pared encontré fotografías de empleados jubilados.
Allí estaba ella, sonriendo con su uniforme blanco.
—¡Dios santo! ¿Tú eres Elena, la hija de Rosita?
Me volví.
Era Mercedes, la camarista que había conocido durante la noche.
Había trabajado con mi madre durante más de veinte años.
Me abrazó llorando.
Cuando le conté que Armando había vendido el departamento, su expresión cambió.
—¿Vendido? Pero, hija, ¿no sabes quién vive allí?
Negué.
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